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Cuatro máquinas «imposibles» en la antigua Grecia

Jueves, Septiembre 14, 2017 - 09:20
Misteriosos objetos hallados en el mediterráneo prueban que muchos relatos supuestamente legendarios describían hechos reales.
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LA MAQUINA DE ANTICITERA

Hacia el 60 a. C., un navío que surcaba las aguas próximas a Anticitera, una pequeña isla situada al sur del Peloponeso y al noroeste de Creta, se hundió frente al litoral de la misma a causa de una de las traicioneras galernas que azotaban y continúan haciéndolo el mar Jónico.

Tuvieron que transcurrir más de dos milenios hasta que, en abril de 1900, un grupo de pescadores de esponjas que buceaban a unos 45 metros de profundidad, dieron con los restos de aquel remoto naufragio. Diseminados junto al pecio, los submarinistas comenzaron a observar numerosos artefactos en un estado de conservación más que aceptable, piezas que, ya bajo la supervisión de las autoridades griegas, fueron trasladándose poco a poco hasta la superficie. Magníficas estatuas de bronce y mármol, bellos objetos cerámicos y de cristal, cientos de monedas… Todo indicaba que el navío hundido transportaba un botín de guerra desde las islas griegas hasta Roma, alijo que incluía uno de los artefactos más extraños y desconcertantes hallados jamás.

Pese a la erosión, producto de haber estado sumergido más de dos mil años, una mirada más atenta bastaba para apreciar que en el interior de aquella amalgama verduzca había un dispositivo de engranajes. Precisamente, cuando el arqueólogo griego Valerios Stais –el primer experto en estudiarlo– describió el objeto en 1902, lo hizo subrayando que «mostraba un mecanismo similar al de los relojes». Pero, ¿era realmente de un reloj? ¿Cómo es posible que hace dos mil años se construyera una máquina semejante?

Aunque, ¿y si se trataba de un objeto moderno que había contaminado casualmente la carga dispersa del barco hundido? En relación a esto último, el hecho de que el artefacto estuviera justo bajo las cuadernas de la nave parecía descartar su modernidad. En cuanto a los demás interrogantes, intentaremos desgranarlos poco a poco.

El Mecanismo de Anticitera –denominación por la que es habitualemente conocido– no es un reloj propiamente dicho, sino un dispositivo todavía más complejo y, por ende, absolutamente «fuera del tiempo». No en vano, hasta el descubrimiento de  este artefacto se asumía que los primeros dispositivos de engranajes aparecieron tan «pronto» como en la Edad Media y, con mayor frecuencia, en el Renacimiento.

Pero si el Mecanismo de Anticitera era lo que parecía ser y ya estaba inventado, ¿cómo es posible que el primer dispositivo de engranajes tardase tantos siglos en «replicarse»?… Más adelante reflexionaremos acerca de este más que extraño «vacío tecnológico». Ahora, conviene que nos detengamos en la descripción de la misteriosa máquina de Anticitera.

COMPUTADORA ANALÓGICA
El artefacto mide 33 cms de altura, 17 cms de ancho y 9 cms de fondo, y probablemente estuvo formado por un conjunto de 37 ruedas dentadas fabricadas en bronce, además de otras piezas para la sujeción de la maquinaria –aunque se recuperaron 82 fragmentos, muchos otros quedaron en el fondo marino–. Llamativamente, los dientes eran triángulos equiláteros perfectos y, como el resto de engranajes, habían sido extraídos de una misma plancha de bronce de dos milímetros de espesor. Cuando ya en el Museo Arqueológico de Atenas pudo examinarse mediante rayos X, se comprobó que tenía numerosos fragmentos de madera adheridos a su estructura, por lo cual se deduce que venía enclaustrado en una caja de ese material, lo que debía conferirle el aspecto de un reloj de pared.

Además, en su superficie, como si de un manual de instrucciones se tratara, se inscribieron caracteres y textos de índole astronómica y en dialecto koiné, lengua común que entendían la gran mayoría de pueblos que integraban el mundo helenístico.

ASTRÓNOMOS CALDEOS
No obstante todo lo anterior, el Mecanismo de Anticitera se convirtió en una especie de objeto indescifrable, casi maldito, inasumible para los arqueólogos y demás científicos que lo examinaron. De hecho, tuvieron que pasar casi sesenta años hasta que Derek J. De Solla Price, padre de la cienciometría, se atreviera a decir –y a publicar– lo que seguro otros académicos habían sospechado pero «prudentemente» ocultado: el Mecanismo de Anticitera es una computadora de la antigua Grecia. En palabras de De Solla:

«El dispositivo es como un gran reloj astronómico, o como una moderna computadora analógica que utiliza elementos mecánicos para ahorrarse cálculos tediosos.

Es una pena que no tengamos forma de averiguar si se fabricó artesanalmente o en serie» (An ancient Greek computer. Scientific American, 1959). En efecto, De Solla fue el primero en concluir que aquel insólito artefacto era una computadora astronómica, capaz de determinar las posiciones del Sol y de la Luna en relación con el zodíaco. Además, sugirió que provenía del archipiélago del Dodecaneso, al conocer que la mayoría de objetos recuperados en el pecio de Anticitera se habían fabricado en Pérgamo, Cos y Rodas. En este sentido, De Solla llamaba la atención sobre una de las inscripciones grabadas en el dispositivo, que identificó como el fragmento de un «paradegma», el calendario climático griego precursor de nuestros almanaques, utilizado en la isla de Rodas durante el periodo helenístico y, particularmente, vinculado con Gémino de Rodas, legendario matemático y astrónomo que describió el zodiaco, los movimientos de los planetas, los eclipses y otros fenómenos celestes, basándose en sus propias conjeturas y en los fascinantes registros de los astrónomos caldeos, mucho más antiguos, que los científicos griegos conocían sobradamente.

De Solla Price retomó la investigación del dispositivo en 1974, publicando un nuevo estudio científico en el que insistía vehementemente sobre la tecnología muy avanzada del artefacto. «Encontrar un objeto así es como descubrir un avión a reacción en la tumba de Tutankhamón», declaró el científico para remarcar la extraordinaria naturaleza del hallazgo.