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El primer templo de la humanidad

Lunes 02 de Abril, 2018
Las Cuevas y sus misterios incursiona en los enigmas, leyendas, usos y maldiciones asociados a ciertos enclaves cavernarios de todo el mundo. “Las cuevas –asegura Gómez– son el lugar más íntimo para la humanidad”. De hecho, “nunca hemos salido de ellas, sólo que antes las buscábamos en las montañas y ahora las construimos… pero siguen siendo nuestro espacio reservado”.

Las Cuevas y sus misterios incursiona en los enigmas, leyendas, usos y maldiciones asociados a ciertos enclaves cavernarios de todo el mundo. “Las cuevas –asegura Gómez– son el lugar más íntimo para la humanidad”. De hecho, “nunca hemos salido de ellas, sólo que antes las buscábamos en las montañas y ahora las construimos… pero siguen siendo nuestro espacio reservado”.

Y añade: “Cuando uno está en casa en realidad está metido en su ‘cueva’. Es ese espacio íntimo que nos aísla y que nos comunica con nosotros mismos como hace 200.000 años”. La casa, como metáfora de la cueva es fascinante porque “representa el mismo concepto: Aislarnos del exterior para entrar en el mundo interior que nos protege de los peligros que hay fuera”, sentencia.

–¿Y en ese mundo interior creamos cosas?

“En efecto, hace miles de años pintamos en su interior… y ahora ponemos cuadros. Hacemos vida y creamos nuestras ilusiones, nuestros anhelos y también nuestros miedos”.

Unos miedos –añado– que también aparecían en las cuevas prehistóricas.

“Cuando pensamos en la evolución humana, cuando creemos que el hombre prehistórico está alejado de nosotros, cometemos un grave error. Ellos lloraban cuando tenían que llorar, tenían miedo y sentían emoción igual que nosotros ahora”, afirma. De hecho, sus representaciones artísticas suponen un viaje fascinante a través del tiempo.

“Pensamos en ese hombre primitivo, casi tonto, que sólo cazaba, recolectaba y se reproducía pero, tenía un lenguaje que, a día de hoy, dominamos también. Cuando uno piensa en una pintura rupestre, está conectando con la mente de una persona que los pintó hace 15.000 años y sin embargo somos capaces de reconocer al instante ese código. Nuestra mente está conectada con la del pintor prehistórico”.

–Pero –objeto– hay otras representaciones que resultan inexplicables.

“Ese es el gran misterio. ¿Qué es lo que veían esos hombres para plasmar o dibujar según qué cosas en sus cuevas? ¿Por qué dibujaban eso?” Hace una pausa en la que parece meditar e insiste: “La base es la misma. Por eso podemos reconocer al instante un dibujo, una figura, un animal, casi cualquier cosa…”

Yo sigo a la carga: –Pero, entonces, ¿por qué en los lugares más inaccesibles y menos iluminados?

“Hay que ponerse en esa situación”, responde con firmeza. “Yo me he puesto en esa situación. Entrar solo en una cueva con una pequeña luz de una lámpara de tuétano. Si yo pidiera a alguien que se adentrase en una cueva que no conoce a la luz de una vela, no un poco, sino 300, 400 o 500 metros. me pregunto: ¿cuántos se atreverían a hacerlo? Y, sin embargo, estas personas lo hacían. Se adentraban hasta lo más recóndito y dejaban una marca allí. ¿Qué es lo que había o qué es lo que veían?”.

Hay una teoría con la que Juan Gómez comulga: “la cueva es un camino iniciático”. De hecho, reconoce, “no todo el mundo puede entrar en una cueva de esta forma. Primero, porque requiere de unas cualidades físicas que permitan solventar ciertos recovecos y poseer una fortaleza mental para romper con el miedo, con la oscuridad y no saber qué te aguarda en lo más profundo”.

Juan reflexiona en voz alta: “Quizá esa cueva sea como nuestra mente. Si nosotros escondemos nuestros miedos en lo más profundo de nuestra memoria porque no queremos recordarlos, quizá ese hombre prehistórico escondía sus miedos en lo más profundo de la cueva”.

Es curioso porque siempre ahí encontramos figuras extrañas, trazos inexplicables, seres cuya naturaleza no comprendemos pero que, según los arqueólogos , debían producirles un profundo terror. “Tal vez lo dibujaban allí para esconderlo. Si lo dibujo ahí no existe”.

Pero la cueva es también una especie de nacimiento. “Salir de la oscuridad de una cueva es casi como salir del útero materno. Renaces, de alguna manera” Y añade: “Hay muchas cuevas que, vistas desde fuera parecen incluso una vagina”. Es el caso de la cueva situada tras la ermita templaria del Cañón de Río Lobos, cerca de El Burgo de Osma.

“La cueva, por tanto, no sólo era un refugio era un lugar de iniciación, era un paso a otro mundo”. En consecuencia, “las figuras de las cuevas no eran decorativas, su función era favorecer un viaje entre este mundo y el de sus dioses”. Y sentencia: “La cueva es el primer templo de la humanidad”.

Es probable, por tanto, que en las cuevas nacieran las creencias, lo espiritual, la morada de los dioses. “Yo viajé a Islandia y viajé a Snæfellsnes, donde hay una cueva que tiene una leyenda muy curiosa. Dicen que cuando uno entra en esa caverna, la tierra habla. No deja de ser un efecto de la reverberación pero antiguamente los islandeses creían que allí habitaban seres de otros mundos, sus Ases”. El paralelismo de esta oquedad donde Julio Verne coloca una de las entradas de su Viaje al centro de la Tierra con el oráculo de Delfos es llamativo, sin duda.

Y es que, en su trabajo recientemente galardonado, Gómez se adentra también en las leyendas y sucesos paranormales que tienen como escenario cavernas de Islandia, Noruega, Etiopía, Kenia, Tanzania, Zanzíbar y, naturalmente, las de la  Cordillera Cantábrica y del sur de Francia. “No todas son cuevas prehistóricas”, aclara. “Existen otras –más modernas– que tienen maldiciones, en otras hay leyendas relacionadas con seres que allí habitan o en las que desaparece gente…”.

Las Cuevas y sus misterios es, en definitiva, un documentado trabajo publicado por la editorial Luciérnaga.

 

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