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Vampiros y hombres lobo en Babilonia

Jueves 28 de Diciembre, 2017
En esta región se erigieron civilizaciones fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia fue pionera en la lucha contra el mal en un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos. Por Óscar Herradón

Los asirios, entre los años 3.000 y 2.000 a.C., recogen uno de los primeros y más antiguos mitos sobre los no muertos: los Ekimmu o Edimmu, que tomaban forma cuando las personas fallecían de forma prematura. A sus desdichadas almas se les negaba la entrada al inframundo –de ahí el nombre, pues ekimmu significa “el que fue atrapado”–, y ello los convertía en seres violentos y malhumorados, espíritus vengativos que regresaban para absorber la energía de los vivos.

Los asirios describieron a los Ekimmu como seres musculosos y fuertes que podían volverse invisibles y transformarse en figuras de humo, sombras o vientos malignos, y con el tiempo fueron adquiriendo la forma de lo que más tarde sería el vampiro moderno. Aquellos con más posibilidades de convertirse en un Ekimmu eran quienes murieron por ahogamiento, inanición o encerrados en prisión, así como los que tenían un funeral impropio. Campbell R. Thompson escribe en The Devils and Evil Spirits of Babylonia, que el espíritu Ekimmu “no puede encontrar ningún descanso, mientras su cuerpo permanezca insepulto”.

La mayoría de los pueblos de la antigua Mesopotamia temían a la figura del Ekimmu y tomaban diversas medidas para contrarrestar su influjo sobrenatural: nunca viajaban solos, evitaban los lugares desiertos y solían recitar oraciones antes de entrar en sus hogares para evitar que atravesaran también el umbral. Sólo los sacerdotes o magos podían neutralizarlos.

Existía una forma aún más temible de Ekimmu: aquellos que habían tenido una muerte violenta se convertían en Alu, seres descarnados con la piel blanquecina, costras en los labios y que además eran bebedores de sangre. Aparecían exclusivamente durante la noche, rondando a las víctimas o viajeros extraviados para alimentarse. Los asirios creían que la única forma de protegerse de ellos eran el fuego o las ofrendas de carne sanguinolenta.

Junto a éstos, otros seres muy similares a los vampiros eran los Utukku sumerios, que podían ser benévolos –los Shedu– o malévolos, los Maskin. Para combatirlos, se invocaba a toda una serie de dioses protectores. Los babilonios pensaban, a su vez, que las personas que potencialmente tenían más posibilidades de convertirse en una suerte de vampiros eran las mujeres vírgenes, las que morían amamantando, los hombres solteros y malvados, cualquier persona que estuviese en una sepultura poco profunda o aquella que no fuese debidamente enterrada, y las prostitutas.

En cuanto a los fantasmas o espíritus merodeadores de las diferentes religiones que salpicaban la región mesopotámica, Sumeria, Babilonia y Asiria y otros estados tempranos de Oriente Medio, existen numerosas referencias en la literatura antigua que los hace muy similares a las sombras de los fallecidos del Inframundo –Hades– de la mitología clásica, lo que denota el fuerte sincretismo de las religiones en todas las épocas. Las sombras o espíritus de los fallecidos eran conocidos como gidim en sumerio y como etemmu en acadio. Estos seres sobrenaturales eran similares a los demonios, con capacidades sobrehumanas que compartían en parte con los dioses –aunque en grado menor–.

Se creía que los gidim o etemmu se formaban en el momento de la muerte, tomando la memoria y la personalidad del individuo fallecido. Entonces viajaban al inframundo, al Irkalla –regido por la diosa Ereshkigal y su consorte, el dios de la muerte Nergal–, donde eran clasificados: un tribunal presidido por los Anunnaki, la corte del inframundo, daba la bienvenida a cada fantasma, les explicaban las reglas del “más allá” y les asignaban un destino y una posición, llevando una existencia en algunos aspectos similar a la de los vivos, con sus propias casas, reuniones con familiares y allegados. Se esperaba que los familiares de los fallecidos hiciesen ofrendas –culto a los antepasados– para aliviar su sufrimiento. Si no lo hacían así, los “fantasmas” podían infligirles desgracias y enfermedades en su vida. La tradición asegura que en Irkalla, otro tribunal, presidido en este caso por Shamash, titular de la justicia que era representado con un disco solar de ocho puntas, visitaba habitualmente los inframundos y podía castigar a los fantasmas que acosaban a los vivos.

En relación con el inframundo, también tiene relevancia el mito del descenso de la diosa Inanna –en sumerio– o Ishtar –en acadio– a Irkalla, el Viaje de Inanna a los Infiernos o al País sin Retorno, que se narra en poemas escritos en lengua sumeria.

La Epopeya de Gilgamesh, el poema épico más importante y antiguo conocido, es una narración sumeria en verso que narra las tribulaciones del rey Gilgamesh, un soberano tiránico –que podría corresponderse, vagamente, con un rey que existió en el siglo XXVII a.C.–, que emprenderá toda una serie de aventuras junto al hombre salvaje creado con los dioses para enfrentarse con él, Enkidu. Parte de la historia relata la muerte de Enkidu y el recorrido de su fantasma por el inframundo.

La licantropía también está presente en los mitos mesopotámicos. Una leyenda asegura que el importante rey caldeo Nabucodonosor II (630-562 a.C.), conquistador de Judá y Jerusalén, mencionado en la Biblia, también tenía un oscuro secreto. Durante unos siete años, del 582 al 575 a.C., ninguna crónica recoge actividad del monarca, años perdidos en los que se llegó a afirmar que vagaba por los montes convertido en un hombre lobo. Ya había alcanzado los 60 años cuando dio señales de deterioro mental: se volvió huraño y solitario, dejó de asearse y cortarse el pelo. Más tarde llegó a vivir en medio de su propia inmundicia, se mezclaba con el ganado y comía hierba. De ahí a corretear desnudo por los bosques, creyéndose un lobo, no pasó mucho tiempo.

En la antigua Mesopotamia, los orates –enajenados–, a los que se creía portadores del espíritu de un muerto, tenían que sobrevivir fuera de las ciudades como pudieran, lo que a menudo implicaba ataques a ganados o a viandantes, surgiendo leyendas sobre “hombres-lobo”, una licantropía ancestral. ¿Fue lo que le sucedió a Nabucodonosor II?

Durante siglos ha existido gran controversia sobre qué le ocurrió realmente al monarca babilónico; se habló de un avanzado estado depresivo e incluso de demencia senil, sin embargo, como tras aquel lapso de siete años desaparecido se recuperó y volvió a ocupar el trono hasta su muerte, 13 años más tarde, algunos hablan de un episodio de zoantropía en su forma más reconocida de licantropía. También se ha citado la hipocondría monomaníaca y hasta un episodio de porfiria. Quién sabe.

De lo que no cabe duda es de que la presencia de lo inmaterial y lo mágico en la vida cotidiana de los antiguos mesopotámicos lo impregnaba todo, y sus ritos, de fuerte componente simbólico, serían adoptados y readaptados posteriormente por numerosos pueblos: griegos y romanos, hebreos y egipcios. Más de cuarenta siglos después, muchas de sus creencias, incluidas las relacionadas con el inframundo y con el mal, siguen presentes en el imaginario colectivo de muchos países.

 

Para leer el artículo completo hazte con el número 263 de Enigmas

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