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El triángulo mortal

Jueves 08 de Junio, 2017
Cuántas veces hemos oído hablar de triángulos mortales, como el celebérrimo de las Bermudas, o el del Diablo, en Japón; incluso de bosques que parecen atraer las malas energías que asustan al mismo miedo, y en los que aquéllos que están hastiados de esta cosa maravillosa que es la vida deciden quitársela. En España tenemos uno de los más aterradores…
Lorenzo Fernández Bueno

No hemos de irnos lejos, porque en España tenemos nuestro particular triángulo maldito, una figura geométrica que marca de manera terrible y desde hace años una zona muy determinada del sur de España, entre tierras de Jaén y Córdoba.

El delimitado entre las localidades de Alcalá la Real, Priego de Córdoba e Iznajar. El centro neurálgico de esta tierra maldita es Alcalá, donde el asunto que vamos a tratar hace tiempo que se convirtió en incómodo. Un tabú que ha sido investigado por psicólogos, y también por expertos en fenómenos paranormales.

De momento, es interesante atender a lo que dicen las estadísticas respecto a los suicidios. En España se producen cinco muertes voluntarias por cada cien mil habitantes. Si lo llevamos a porcentajes, la media de todo el país es del 6% de la población. Pero es que en Jaén provincia, en lo que a porcentajes se refiere, sube al 9% según estadísticas de la primera década del siglo XXI. Y si nos desplazamos a los municipios de la sierra sur, donde se encuentran los llamados triángulos de la muerte, se dispara a casi el 28%.

Lógicamente son muchos profesionales de las más diversas ciencias los que han intentado saber el porqué. De hecho, en los enclaves en los que se desatan tantas muertes, dan explicaciones diversas: desde especies de plantas y árboles de la zona, que resultarían venenosos para el ser humano, pasando por la altitud del terreno en el que se ubican los pueblos, a la pura transmisión genética, en lo que el psiquiatra Antonio González denomina “lealtades invisibles”.

Al respecto, el investigador Miguel Ángel Sánchez asegura en la página www.llanillo.com, que es una de las principales a la hora de buscar una explicación para este desconcertante asunto, que “las autoridades sanitarias deberían retomar la inquietud pública sobre este asunto y aportar mayores medios técnicos y humanos para la realización de un estudio definitivo que determine, con la suficiente aproximación, las causas de este problema. Conviene romper cuanto antes con el círculo vicioso e invisible que une a muchas personas con un futuro trágico y alimentarlos en la esperanza de que el suicidio es la peor opción y que todo se soluciona menos la muerte”.

Evidentemente hay una cuarta explicación que apenas si se susurra, y en la que hasta hace no mucho tiempo –y seguramente también ahora–, se creía con verdadero espanto: la aparición de espectros del más allá que inducen a los futuros suicidas a acabar con sus vidas. Parece ficción, parte de cuentos que se narran al calor del fuego, pero lo interesante del asunto es que la mayor parte de las muertes se ha producido en el interior de dichos triángulos, y en cortijos muy apartados con historias extraordinariamentetenebrosas detrás… como esta breve colección que ofrecemos a continuación.

PARA NO DOMIR
El investigador Paco Bermúdez, en su libro El Triángulo de la Muerte, entrevistó sobre este asunto a Antonio Jiménez, enterrador de Priego de Córdoba, uno de los vértices del triángulo cordobés, y éste le aseguró que hay “un triángulo maldito en esta zona, está claro. Eso lo llevo escuchando desde que era un niño y ahora tengo 61 años. No sé por qué será, pero está claro que algo raro pasa. Hace unos años yo también estuve a punto de hacerlo. Me metí dentro de un nicho con una escopeta llorando. Gracias a Dios ya pasó todo. Yo entierro todos los años a unas diez personas que se han colgado o se han pegado un tiro. Sin ir más lejos, la semana pasada enterré al último, un viejo que se colgó. Pero no sólo viejos se cuelgan ¡eh!, también lo hacen personas de 30 años y hombres igual que mujeres”.

Muy cerca de las cortijadas de la Carrasca y la Lastra, en la provincia de Córdoba, encontramos la primera leyenda que serviría para “explicar” lo que allí se ha producido: decenas de suicidios que no tienen explicación, si acudimos a la fría estadística.

Allí se habla del “hombre de las uñas”, un anciano encorvado de larga melena que permanece sentado observando al aterrado testigo, y cuya característica principal, como ya habréis imaginado, es el tamaño desproporcionado de sus uñas. Pues bien, en la aldea de Silera, no muy lejos de las anteriores, vivía el siguiente testigo al que Bermúdez, en una labor de campo verdaderamente encomiable, entrevistó; y éste le dijo que cerca de una de las casas, ya entrada la noche, “de repente giré la vista hacia el cortijo que había dejado atrás y vi esa cosa. ¡Por poco me muero del miedo! Estaba sentado sobre las piedras del cortijo. No era muy alto y tenía unas uñas enormes, grandes y enroscadas hacia dentro. Parecía muy anciano y no tenía pelo por arriba, pero por detrás de la cabeza le asomaba una melena muy grande. Me acerqué porque creí que era alguna persona mayor que estaba perdida o necesitaba algo. Aquí nos conocemos todos y nunca lo había visto. Así que supuse eso. Al acercarme, ese hombre se levantó y me hizo un gesto con la mano como para que me fuera. Le pregunté si necesitaba algo o si quería que lo bajase en un mulo al pueblo y me respondió con otro bufido, muy grave y muy fuerte, casi como si chillara. Entonces se levantó y empezó a venir hacia mí. Yo, por impulso, empecé a correr y él siguió detrás. Los mulos empezaron a encabritarse y no los podía controlar. Los solté y seguí corriendo. Calculo que estuvo como un cuarto de hora persiguiéndome entre los olivos. Cuando me calmé lo suficiente volví a por los dos mulos y me fui de allí como alma que lleva el diablo. Nunca he vuelto a pasar a esas horas por ahí”.

Evidentemente, la enorme cantidad de muertes tendrá otra explicación, pero ésta, en su momento, tuvo mucho predicamento para explicar por qué los habitantes de estas aldeas mostraban esa innata tendencia a quitarse la vida. Ahora bien, si hay un cortijo especialmente proclive en lo que a muertes se refiere, ese es el de Los Asombros. Fue bautizado con ese nombre tan sonoro, porque a principios del siglo XX, que es cuando fue levantado, así eran conocidas las apariciones espectrales.

En este lugar, cercano a la localidad de Priego de Córdoba, se ahorcaron sus primeros dueños de un árbol con las ramas retorcidas que hoy día da sombra a la pocas ruinas que quedan de este inmueble, durante décadas considerado maldito. ¿Por qué? Bueno, hay que decir que antes de la guerra se pensaba que estaba habitado por un “martinico”, un duende muy feo que se dedicaba a mover las cosas de sitio, a lanzar con violencia objetos de todo tipo, a gritar en mitad de la madrugada, a dar golpes y a susurrar los oídos de quienes dormían, para llevárselos a los brazos de la muerte. También se habla de la presencia de varias niñas fantasmales que corretean por el campo, parando justo al lado del “árbol de los ahorcados”. Incluso las crónicas aseguran que los sucesos llegaron a tal extremo que se requirió la presencia de un exorcista, que fue y exorcizó, pero que no evitó que los fenómenos siguieran produciéndose. Es tal el pavor que todavía hoy provoca la historia del Cortijo de los Asombros, que los vecinos de las poblaciones cercanas evitan pasar por el lugar, por si las moscas…

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