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¿Quién fue realmente Jesús de Nazaret?

Jueves 01 de Marzo, 2018
Son muchas las preguntas que siguen en el aire acerca de quién fue Jesús de Nazaret y cuánto había de “divino” en torno a éste o si todo se trató de añadidos posteriores de sus seguidores y miembros de la Iglesia.

Sabemos poco sobre Jesús; y procede ante todo de los cuatro Evangelios canónicos, atribuidos según la tradición a Marcos, discípulo del apóstol Pedro, Lucas, compañero de Pablo durante sus predicaciones y los apósteles Mateo y Juan. Si bien el consenso académico tiene claro que los autores fueron otros, es cierto que los Evangelios se escribieron en el último cuarto del siglo I, es decir, en un momento cercano a los hechos que relatan. En ellos apenas se aporta información sobre la juventud, adolescencia y madurez, ―la “vida oculta de Jesús”. Lucas y Mateo introdujeron en sus libros páginas dedicadas a su nacimiento milagroso y a los primeros años de su vida, aunque contaron historias distintas. Ambos tuvieron el valor de proponer unas genealogías de Jesús por vía paterna, pero sus propuestas ni coinciden en tamaño ni en los datos.

Mateo mencionó el nacimiento virginal de Jesús, la visita de los Reyes Magos, la estrella de Belén, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto y el viaje a Nazaret, donde termina su relato de la infancia. Lucas no dijo nada de los Reyes Magos, ni de la matanza de los inocentes, ni del viaje a Egipto. En cambio, relacionó el nacimiento de Jesús con otra milagrosa concepción, la de Juan el Bautista, al que prestó especial importancia; y mencionó el viaje de José y María desde Nazaret hasta Belén, con motivo del famoso censo romano. De hecho, Mateo parece indicar que vivían allí, en Belén. Además, Lucas introdujo una escena inédita: los tres días durante los cuales Jesús, con doce años, anduvo perdido por Jerusalén hablando con los doctores del Templo. Los exégetas cristianos intentaron unificar los relatos y crearon un corpus que forma parte de la tradición cristiana.

Pero sigue siendo inexplicable que Lucas, por ejemplo, no conociese la historia de los Reyes Magos, o que Mateo no supiese que Jesús era familia de Juan. La explicación es sencilla: ambos relatos proceden de comunidades cristianas distintas en las que brotaron diferentes versiones.

De hecho, los cristianos posteriores, de los siglos II, III y IV, comenzaron a relatar por escrito nuevas leyendas que complementaban, extendían y unificaban lo narrado en aquellos Evangelios. Esta idea es clave: todos los Evangelios apócrifos de la natividad y de la infancia son posteriores a los canónicos, están inspirados en ellos y pretenden complementar la escueta información aportada por Mateo y Lucas.

 

LA INFANCIA DE MARÍA

Así, existe un grupo de apócrifos que hablan sobre la vida de la Virgen desde su gestación, con objeto de explicar por qué Dios la eligió para que recibiese a su hijo encarnado. El más importante de estos textos, y el más antiguo, es el llamado Protoevangelio de Santiago, de finales del siglo II. Gracias a esta obra sabemos quiénes fueron los padres de María: Joaquín, un rico y piadoso caballero jerosolimitano, y Ana, hija de Isacar, ambos de estirpe davídica y, por tanto, de sangre real. Tras veinte años de matrimonio no habían conseguido tener hijos.

Pero, según este texto, un ángel se le apareció a Ana y le dijo que sus plegarias se habían cumplido y que iba a ser madre, aunque sin la participación de su marido. Nueve meses después nacería María. La historia continua, tanto en el Protoevangelio de Santiago como en otros apócrifos ―entre los que cabe destacar el Evangelio del Pseudo Mateo –siglo IV–, con la entrega de la niña, de tres años, a los sacerdotes del Templo de Jerusalén, como cumplimiento de la promesa que sus padres habían hecho a Dios si les concedía un hijo. En realidad, se trataba de una práctica habitual entre las familias acomodadas de Israel que consistía en depositar a algunas de sus niñas en el Templo, con la idea de que fueran educadas en el amor a Dios hasta los doce años, fecha con la que, según la ley, ya podían casarse.

María llamó la atención por su apego a la oración y a los trabajos monásticos y porque “frecuentemente se veía hablar con ella a los ángeles” (PsMt VI, 3). Cuando llegó había decidido vivir en un eterno celibato como acto de entrega a Dios, lo que dificultaba buscarle un varón para casarla. Pero un ángel de Dios propuso un casting para elegir al hombre que se haría cargo de ella, sin casarse y sin afán por copular con ella. Así, los sacerdotes convocaron a todos los viudos de Jerusalén, que debían presentarse en el Templo con una vara “y de aquel sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de ese será mujer” (ProtSt VIII, 3).

Imagínense quién fue el elegido: José el carpintero, un anciano viudo con hijos, y de su vara salió una paloma que se puso a volar sobre su cabeza; en otras versiones se cuenta que de la vara brotaron unas flores, las famosas flores de san José. Pero éste no estaba convencido: “Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña” (ProtSt IX, 2). Pese a sus reticencias iniciales, José terminó aceptando. En ningún momento se dice en el Protoevangelio de Santiago que se casasen, aunque en otros apócrifos sí se comenta. Esta historia apócrifa tiene mucho que ver con un problema teológico al que tuvo que enfrentarse la cristiandad.

Los cristianos creen que todos los humanos nacemos con la mancha del pecado original, originada por la rebeldía de Eva en el Edén. De ser cierto esto, María debía haber sido pecadora de nacimiento. Pero, ¿cómo podía ser pecadora la mujer que iba a albergar al hijo de Dios en su vientre?

Y así surgieron estas leyendas sobre su milagroso nacimiento. Por otro lado, la Iglesia se buscó otra solución: desarrolló la doctrina de la Inmaculada Concepción, que parte de que María, enviándole después a la montaña; pero él volvió sano y salvo. Hizo después lo propio con María, enviándola también a la montaña; mas ella volvió sana y salva. Y todo el pueblo se llenó de admiración” (ProtSt XVI, 1-2). ¿Qué es esto del agua de la prueba del Señor? Según se cuenta en Números 5, 11-31, el marido que dudaba de la fidelidad de la esposa debía llevarla al sacerdote, y éste comprobaría si había sido infiel haciéndole beber un extraño potingue compuesto por agua santificada, polvo del suelo y una hoja con maldiciones escritas. Si no le pasaba nada, era inocente. Pero si fuese culpable, se le quedarían lacias las caderas y se le hincharía el vientre.

 

EL NACIMIENTO

La historia continúa de un modo parecido a cómo la contó Lucas. La familia emprendió el camino que lleva a Belén, desde Nazaret, dado que José tenía que registrarse en el censo como madre de Dios, fue preservada del pecado original por la divinidad.

Por otro lado, estos apócrifos nos informaron de algo que en los canónicos no quedaba claro: José debía ser mayor que María, que tenía sólo doce años al salir del Templo. Es más, en otra obra apócrifa, Historia de José el Carpintero, del siglo IV, se dice que tenía 93 años cuando se casaron.

 

MARÍA VIRGEN

La historia continúa, más o menos, cómo conocemos. María recibió la visita de un ángel que le informó de que se iba a quedar embarazada de forma milagrosa, sin participación de José ni de ningún varón. Aquello debió de levantar rumores. Según los apócrifos el drama terminó desencadenándose:

“Al llegar al sexto mes de su embarazo, José se dio cuenta de que estaba encinta. Entonces (…) lloró amargamente, diciendo: ¿Con qué cara me voy a presentar yo ahora ante mi Señor? ¿Y qué oración haré yo por esta doncella? Porque la virgen del templo del Señor y no he sabido guardarla”. (ProtSt XIII, 1).

El hombre no creía las explicaciones de María: “No sé de dónde ha venido esto” (ProtSt XIII, 3). Además, si la joven tenía razón y aquello era cosa de Dios, y la repudiaba, estaría zancadilleando la voluntad divina; pero, si lo aceptaba, tendría que enfrentarse a los rumores de sus vecinos y amigos. Finalmente, quedó tranquilo cuando un ángel le aclaró todo: el niño era fruto del Espíritu Santo.

Los apócrifos introdujeron entonces una escena inédita: la noticia del embarazo milagroso llegó a oídos del Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, que pensó en un primer momento que José había abusado de la confianza que habían depositado en él. Fueron llevados ante el tribunal.

Y sucedió entonces algo curioso: “Pero añadió el sacerdote: ‘Os haré beber el agua de la prueba del Señor y ella pondrá de manifiesto vuestros pecados antes vuestros propios ojos’.

Y tomándola se la hizo beber a José, ciudad de origen. Pero María se puso de parto poco antes de llegar. Curiosamente, los apócrifos no dicen nada de que no hubiese sitio en ninguna posada, lo que provocó que el nacimiento se produjese en un establo. El Protoevangelio de Santiago indica que José decidió cobijar a la joven en una cueva, acompañada por sus hijos, y se marchó en busca de una partera.

Y de pronto pasó algo absolutamente sobrenatural: el tiempo se paró. Todo quedó estático menos una misteriosa mujer que resultó ser una partera y que se prestó a ayudar a José. Los aficionados al fenómeno OVNI captarán sin duda el parecido que hay entre esta descripción y algunos relatos de avistamientos modernos: “Y yo, José, me eché a andar, pero no podía avanzar; y al elevar mis ojos al espacio, me pareció ver como si el aire estuviera estremecido de asombro; y cuando fijé mi vista en el firmamento, lo encontré estático y los pájaros del cielo inmóviles; y al dirigir mi mirada hacia la tierra, vi un recipiente en el suelo y unos trabajadores echados en actitud de comer, con sus manos en la vasija. Pero los que simulaban masticar, en realidad no masticaban; y los que parecían estar en actitud de tomar la comida tampoco la sacaban del plato; y los que parecían introducir los manjares en la boca, no lo hacían, sino que tenían sus rostros mirando hacia arriba. (…). Y al dirigir mi vista hacia la corriente del río, vi cómo unos cabritillos ponían en ella sus hocicos, pero no bebían. En una palabra, todas las cosas eran en un momento apartadas de su curso normal(ProtSt XVIII, 2),

Y así, en aquella cueva, en medio de unos maravillosos efectos lumínicos, nació Jesús, para regocijo de todos, especialmente de la partera, que estaba maravillada al ver que había nacido el hijo de una virgen. De pronto, y sin que se sepa muy bien por qué, apareció por allí otra partera, una tal Salomé, alertada por las luces y el ruido. Su compañera le contó la maravilla que acababa de presenciar, pero Salomé no se lo acabada de creer: “Por vida del Señor, mi Dios, que no creeré tal cosa si no me es dado introducir mi dedo y examinar su naturaleza” (ProtSt XIX, 3).

Lo que pasó a continuación no tiene precio: “Y, habiendo entrado la partera, le dijo a María: ‘Disponte, porque hay entre nosotras un gran altercado con relación a ti’. Salomé, pues, introdujo su dedo en la naturaleza, más de repente lanzó un grito, diciendo: ¡Ay de mí! ¡Mi maldad y mi incredulidad tienen la culpa! Por tentar al Dios vivo se desprende de mi cuerpo mi mano carbonizada” (ProtSt XX, 1).

Menudo drama. Pero Dios, en su extraordinaria bondad, hizo que se apareciese un ángel, que ordenó a Salomé que tomase al niño en brazos. Lo hizo y, milagrosamente, fue curada.

Más alucinante aún es la descripción que la propia partera hizo del momento del nacimiento de Jesús según otro apócrifo mucho más tardío –del siglo IX o X–, el Liber Infantia Salvatoris Libro de la infancia del Salvador–: “Tenía mi vista fija en el intenso resplandor que despedía la luz que había nacido. Y esta luz fue poco a poco condensando y tomando la forma de un niño, hasta que apareció un infante como suelen ser los hombres al nacer” (71-75). Más imaginativo, si cabe, es lo que se contó en el Evangelio Árabe de la Infancia, un texto del siglo VI, en el que se dice que Jesús, poco después de nacer, dijo lo siguiente: “Yo soy Jesús, el hijo de Dios, el Verbo, a quien tú has dado a luz de acuerdo con el anuncio del ángel Gabriel. Mi padre me ha enviado para la salvación del mundo” (I, 2).

Por otro lado, entre las novedades que aportó el Evangelio del Pseudo Mateo, cabe destacar la aparición de dos personajes que han pasado a formar parte de la iconografía característica de la Navidad: el buey y el asno. Según este texto, tres días después de nacer Jesús, María salió de aquella gruta, en la que se había producido el milagroso nacimiento, y se instaló en un establo. “Allí reclinó al niño en un pesebre, y el buey y el asno le adoraron. Entonces se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: El buey conoció a su amo, y el asno el pesebre de su señor” (PsMt XIV). El traslado al establo se debe, obviamente, a la necesidad de coordinar la narración del Protoevangelio–en el que se dice que nació en una cueva, y obra en la que se inspiró el Pseudo Mateo, con la versión canónica de Lucas, en la que no se decía nada de ninguna cueva.

 

LA LLEGADA DE LOS REYES MAGOS

La literatura apócrifa sobre los primeros días de Jesús también recoge su circuncisión, que tuvo lugar al octavo día, y la presentación en el Templo de Jerusalén, tras la obligada cuarentena de María, siguiendo siempre la estela la narración de Lucas.

Pero, a partir de entonces, los textos retoman la versión de Mateo, completando, con creces, el conocido episodio de los magos de Oriente y la matanza de los inocentes, que tuvo como consecuencia algo de tremenda importancia que Lucas parecía no conocer: la huida de la Sagrada Familia a Egipto.

El Protoevangelio de Santiago cuenta que José, justo antes de partir de regreso a Nazaret, su ciudad según Lucas, aunque Mateo pensaba que eran del mismo Belén– se enteró de que unos misteriosos magos estaban preguntando por el recién nacido Rey de los judíos, acontecimiento que conocían porque una estrella en el cielo se lo había indicado. Herodes, por entonces rey de los judíos con el apoyo de Roma, se inquietó por la noticia y mandó a llamar a aquellos magos y les advirtió de que le mantuviesen informado en caso de que encontrasen el niño. Pero no lo hicieron.

Encontraron la cueva, de nuevo gracias a la estrella móvil, adoraron al niño y le dieron los famosos regalos, para después marcharse de regreso al Oriente sin informar al monarca. Herodes, indignado y lleno de ira, ordenó matar a todos los menores de dos años para asegurarse así de eliminar al prometido pretendiente que le podía arrebatar el trono. José, alarmado, cambió de opinión y, en vez de regresar a Galilea, decidió huir con su familia a Egipto.

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