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Misterios sobre el ring

Lunes 19 de Junio, 2017
La lucha libre forma parte de la esencia misma de México. Sus profesionales, auténticos héroes patrios, también han sido testigos de lo insólito. Esto es lo que nos han contado…
José Antonio Roldán

Los testigos de lo insólito que aquí os presentamos trabajan y viven por y para la lucha libre mexicana. En el desarrollo de varios viajes en pos de realizar su trabajo tuvieron diferentes encuentros con lo insólito, demostrándose una vez más que nadie queda excluido a la hora de experimentar, o sufrir, según se mire, uno de estos encuentros con lo extraordinario.

Es común caminar por Mérida, Monterrey, Tijuana, así como por el mismo Distrito Federal y encontrarse a dos o más ciudadanos regocijándose en la cultura del “moquetazo” y pasar del juego de manos a tratar de inmovilizar al oponente mediante agarres rudimentarios. Así nació en su sangre mestiza la “lucha libre”, el segundo deporte más importante en las tierras aztecas después del fútbol.

Este tipo de enfrentamientos empezó a tomar conceptos de la clásica lucha grecorromana, añadiendo tomas o llaves inventadas por los primeros gladiadores del ring o “pancracio”, cuyo término deriva del griego antiguo pankrátion. Se sustituyeron las míticas figuras de los mirmidones griegos o los gladiadores latinos por los guerreros aztecas águilas –cuauhpipiltin– y los jaguares –ocelopilli–. Los ejemplos de los caballeros medievales de la vieja Europa tenían su contrapartida en estos intrépidos caballeros de casta mexica o azteca. No eran ciudadanos comunes, pues su preparación les exigía disciplina, sacrificio y trabajo continuado, lo que hacía de ellos virtuosos en su oficio y admirados por todos sus coetáneos. Había que presentarlos como los semidioses de las leyendas autóctonas del centro de México, por lo que era necesario ataviarlos como tales.

Los grandes tesoros para la cultura de Mesoamérica no eran el oro ni las piedras preciosas. La verdadera riqueza eran las hermosas plumas de las aves que poblaron ese nuevo continente: quetzales, guacamayos, pericos y demás especies dieron su corta vida para adornar a los emperadores, sacerdotes y guerreros. Si acudimos al Museo Nacional de Antropología e Historia de México D.F., o al Museo del Templo Mayor Azteca, podremos ver estatuas y figuras de cerámica donde se representan a los “superhéroes” de antaño, en la misma línea del imponente penacho –quetzalapanecáyotl– de Moctezuma, actualmente expuesto en el Museo de etnología de Viena (Austria). Así, los actuales gladiadores tienen que impactar a su público, por ello el uso de máscaras, que asemejan a los cascos adornados con los colores vivos de las selvas mexicanas o las capas que hacen soñar a la imaginación, como las alas de las águilas que atacaban a los enemigos del imperio de la Gran Tenochtitlán. De alguna manera representa que el espíritu de aquellos fieros guerreros aztecas todavía perdura en su ADN.

Es la catarsis de ver en vivo la primigenia lucha del bien contra el mal, recordando el mítico juego de pelota precolombino, donde los equipos jugaban para sacar al Sol de su escondrijo nocturno, prometiéndole un nuevo día, una nueva vida. Sacrificando a los malvados ante el poder del vencedor.

Así, la lucha mexicana se ha constituido en dos bandos. El mal, o los malvados, denominados “rudos”, que son la parte oscura del espectáculo –la Luna para los aztecas, Coyolxauhqui–, a quienes se les permite toda la marrullería, bajezas y trampas que el reglamento no permite. El bien, representado por los técnicos, que siguen la ley, que utilizan su sabiduría luchística para vencer al oponente en buena lid –el Sol para los aztecas, Huitzilopochtli–. Y la lona del ring, una reminiscencia del cerro La Quemada (Chicomóztoc), en Zacateca. Demostrado el interés ancestral de la lucha libre mexicana, nos interesaba saber si alguno de sus integrantes había tenido algún tipo de experiencia relacionada con lo insólito. Y en ese punto tuvimos la inestimable ayuda del prestigioso periodista mexicano Jorge Caballero, director de la emisora radiofónica Chilangoradio.

Caballero ha tenido la oportunidad de seguir la vida profesional, y personal, de muchos de los antiguos y los actuales luchadores profesionales y amateurs. Lógicamente, las charlas profesionales versaban sobre aspectos de las contiendas y los eventos, pero, tras proponérselo, les preguntó si habían sido protagonistas o testigos de algún fenómeno extraño. De repente, sus semblantes cambiaron por completo; sus adustos rostros de salvajes del ring empezaron a mudar al de la inquietud de quienes han sufrido algo inexplicable. Estos son algunos de los casos que nos contaron…

CASO 1: SEXY RUBÍ
Este luchador que nos narró su historia no es el típico hombre grande y grueso, lleno de músculos por todo su cuerpo. Al contrario: es un hombre bajito de estatura, un poco regordete, con una enorme cabellera, ojos vivarachos y una amplia sonrisa.

Su personaje luchístico es “Sexy Rubí”. Un género híbrido, entre técnico y rudo, con toques homosexuales que divierten al público, pero con un gran conocimiento del arte del pancracio y una crueldad sin límite. Fue un domingo en el que había que dar tres funciones en distintos pueblos del estado de México, colindantes con la capital mexicana.

Como la mayoría de los luchadores, trabajan en grupo y son amigos. Utilizaron para viajar el automóvil del “Jaguar”, repleto de compañeros. Llegaron al primer pueblo. Dieron la función matutina y corrieron para subirse al vehículo y llegar al siguiente pueblo, pero se encontraron con la sorpresa de que el vehículo no funcionaba. No tenían tiempo que perder, y tras montar en el primer medio de transporte que encontraron, se dirigieron a la segunda cita. Y así hasta completar su trabajo de ese día y regresar a por el coche estropeado. Durante el camino de vuelta encontraron a un mecánico que los auxilió y arrancó el automóvil. El sonido del motor fue un bálsamo para sus cansados cuerpos, porque significaba que llegarían pronto a sus hogares. La charla estaba en su mejor momento cuando el coche se paró, como si el motor se hubiera ahogado de repente. Los ojos de los ocupantes se abrieron, pues se encontraban justo en una bajada y su vida corría peligro. El “Jaguar” insistía en encender el motor, sin tener éxito. “Sexy Rubí”, que estaba en el asiento de enfrente, junto al conductor, vio cómo algo acechaba. Primero, una pequeña mancha que se acercaba rápidamente; después, poco a poco, iba surgiendo algo con forma definida que en cuestión de segundos creció enormemente y casi colisiona con el parabrisas del auto. Detuvo de golpe su vuelo y se enfrentó cara a cara al luchador. Era un ente grande, como si una enorme cara peluda se quedara mirando a los asustados gladiadores.

Fue un instante que pareció eterno. Esta cara pasó por encima del techo del automóvil y se alejó de él. El intento del “Jaguar” por arrancar la furgoneta había dado resultado y volvía a tener el control del aparato. Un silencio sepulcral llenó las horas de regreso. Nadie se atrevía a articular frase alguna, toda la adrenalina de los tres encuentros de lucha se había diluido en el mar de angustia y terror por el cual navegaban. Ya fuera de antena, en la emisora, Caballero habló del caso con el participante de tal encuentro. “A mí, en lo personal, me parece que fue una aparición del famoso hombre-polilla o Mothman. Un personaje que ha sido visto muy frecuentemente en América del Norte y Central, sobre todo antes de una epidemia de gripe porcina en el estado de Chihuahua (México), donde casi terminó con la población de cerdos del lugar. Un humanoide de gran estatura, mayor de dos metros, con grandes alas y unos ojos enormes de color rojo”, nos comenta el periodista. Si asumimos el tiempo del avistamiento y su forma, es difícil que confundiesen la presencia de cuaquier otro ser con la de una enorme cara, que es lo que describió el luchador, haciendo énfasis en su pelambre. Un encuentro inquietante que a punto estuvo de acabar con la furgoneta en un barranco, pero que tuvo un final feliz.

“PRÍNCIPE SINIESTRO”
“Mi abuela siempre me decía que en las curvas de las carreteras los muertos te ‘jalaban’ para que los acompañases en su destino”, nos dice Jorge Caballero como antesala de este segundo caso. Al Barón Von Humboldt, naturalista europeo que viajó por todo el mundo y es considerado el padre de la geografía moderna, un enamorado de México, cuando le preguntaron en Alemania que cómo era este país, tomó una hoja de papel y con sus manos formó una bola arrugando muy bien la hoja; la extendió y las arrugas aparecieron en la superficie del papel. “Así es México”. Rodeado de cordilleras, éstas forman una caprichosa letra “V” que divide al territorio en desiertos, lugares templados y grandes selvas, además de las nevadas cumbres de las montañas. Realmente en esta nación poseen todos los climas debido a la caprichosa naturaleza, por lo que las carreteras en México son sinónimo de curvas de todas las formas posibles e imaginables: de noventa grados, de terribles “serpientes”, serpentinas de ángulos extremos, etcétera.

Los luchadores tienen que pagar el “derecho de piso” –el derecho a poder competir– para alcanzar sus sueños.

Y hay que hacer de todo para poder estar dentro del gremio. Por eso el “Príncipe Siniestro” tenía la labor de preparar las arenas, las plazas de toros o los auditorios para poder efectuar la función de lucha libre. De ahí que le asignaran un gran evento en el bello Acapulco. Ese hermoso lugar es la fascinación de turistas nacionales y extranjeros. A veces, tanto es el amor por este puerto y su bahía, que la gente pudiente se queda a vivir ahí. Debido a esto, el sitio es muy reconocido y visitado en todas las épocas del año. Pero al haber tantos visitantes es urgente distraerlos. Por eso hay infinidad de discotecas, bares, restaurantes… Y, claro está, hay que ofrecerles espectáculos de lucha libre. Así las cosas, “Príncipe Siniestro” y un compañero se embarcaron hacia su trabajo. Como la lucha era al día siguiente por la tarde, tenían que llegar muy temprano para preparar el auditorio, por lo que escogieron viajar de noche. Así serían dos para conducir durante las cinco o seis horas de trayecto en el viejo camión. Acapulco está en el estado de Guerrero, que posee los contrastes geográficos más notables: grandes desiertos, lugares selváticos, montañas enormes y, por último, una gran costa. La carretera va pasando por cada uno de estos enclaves. Pero casi al llegar al puerto existe un puente muy largo en lo alto de las montañas, mientras que abajo discurre el río Papagayo, un afluente del Balsas. “Personalmente debo contarles que me da miedo pasar en automóvil por allí. Es tan fuerte el viento que, si el coche está en el carril derecho, poco a poco la fuerza de éste te lleva al carril izquierdo y tienes que usar tu pericia para reponer el volante y quedarte en tu carril. Para llegar al puente hay un camino lleno de curvas pronunciadas”, nos apunta detalladamente el periodista Jorge Caballero. Y justo allí, el viejo camión de los luchadores se paró, sin poder arrancarlo de nuevo. Hicieron lo que todos los conductores en una situación como ésta: estacionar lo mejor que pudieron en el margen de la carretera, levantar el capó y, como si fueran mecánicos expertos, empezar a tocar todo lo que se les ocurrió. Revisaron la batería, los platinos… y nada. Fue entonces cuando empezó a aullar el viento que fluía de las montañas hacia el desfiladero y hasta el río. Y de repente, escucharon gemidos. Conforme transcurrieron los minutos, los ruidos se iban transformando en llantos de muchas personas. “Había niños, hombres y mujeres. Los nervios se nos crisparon y tratamos inútilmente de volver a arrancar el auto, pero estaba muerto. Fue entonces cuando vimos cómo serpenteaban sombras a través de las paredes de la roca caliza que los constructores habían moldeado para dar paso al asfalto”, apuntaba “Príncipe Siniestro”. Pasaron minutos, horas… nunca lo supieron con exactitud, al estar paralizados por la situación, hasta que por fin llegó un vehículo de emergencias. Le contaron al conductor la situación del camión averiado: “Era tanta nuestra angustia que le platicamos al rescatista de los gritos de angustia que habíamos oído. Éste no se sorprendió, al contrario, fingió una risa nerviosa”, afirmaron los dos luchadores. Según ellos, su auxiliador les contó que hacía unos días una familia había perecido justo a la salida de la curva que conducía al puente. Cayeron por un desfiladero de más de cien metros. No hubo supervivientes. Según sus testimonio, “sólo quedaron ‘cachos’ de los adultos, niños y un anciano, así como del propio automóvil”. Los luchadores se miraron el uno al otro como si la historia fuera una mentira. El mecánico los llevó a ver la cruz que conmemoraba el lugar de la fatídica muerte. En México es muy común poner cruces en los lugares donde ha habido accidentes fatales: atropellos, choques, explosiones… para no olvidar a las víctimas. Al finalizar la charla el hombre les dijo: “Vamos a ver qué pasa con el camión. Enciéndalo, por favor”, y por arte de magia éste se puso en marcha. Siguieron su camino dándole las gracias al desconocido y se hizo un silencio que duró hasta que empezó la lucha al día siguiente. “Si mi abuela, tan sabia, tenía razón, los fantasmas de la familia muerta estaban allí por dos razones: una, porque la muerte los encontró tan de repente que sus almas no han sido capaces de darse cuenta de que ya no están en este mundo. Y al estar rodeado de montañas el lugar, podemos intuir que hay cerca de allí alguna fuente de energía (…) porque en el seno de esas montañas hay grandes yacimientos de metales, cuarzos y piedras preciosas. Y dos, como los fantasmas necesitan de energía para poder pasar el delgado telón entre la vida y la muerte, absorben algo de esa energía para sentirse otra vez vivos e interactuar con nosotros”, reflexiona. El testimonio de estos hombres es cuanto menos relevante, ya que, impasibles ante el adversario, sin miedo a caer malheridos en la lona durante sus enfrentamientos ante un público extasiado, se muestran, como el resto, vulnerables ante los fenómenos extraños e intangibles, mucho más temibles que la amenaza de un golpe certero. 

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