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Franco oculto y esotérico

Lunes 25 de Diciembre, 2017
Una de las facetas menos conocidas del dictador español tiene que ver con su etapa en el norte de África y su coqueteo con prácticas mágicas paganas y ancestrales. José Luis Hernández Garvi

Al ahondar en la biografía del dictador Francisco Franco durante los años que permaneció combatiendo en el Norte de África, encontramos testimonios que hacen referencia a la importancia que concedió a la magia y a las predicciones de las artes adivinatorias cada vez que tenía que tomar una decisión importante.

Las evidencias apuntan a que Franco, pendiente de todas aquellas señales que, a su juicio, pudieran significar una llamada de la Providencia, acudió a los adivinos en esa etapa de su vida. De naturaleza desconfiada, necesitaba confirmar sus dudas con predicciones que resultasen propicias a sus ambiciones. Con el objetivo de interpretar los mensajes “celestiales”, es posible que recurriese a aquellos que la superchería popular consideraba como interlocutores “autorizados”, al poseer las facultades extrasensoriales necesarias para entrar en conexión directa con la divinidad. Arrastrado por su fe en la existencia de ese canal de comunicación sobrenatural, creencia que aunaba elementos supersticiosos con otros de raíz profundamente religiosa, el entonces oficial en el Norte de África habría confiado en una atávica tradición de carácter mágico.

En la cultura bereber del Magreb se siguen practicando ritos ancestrales relacionados con su milenaria cultura. Los orígenes del pueblo imazhigen, como los bereberes prefieren que se les llame, se remontan a hace varios miles de años, hundiendo sus raíces en la franja de tierra comprendida desde la costa atlántica del Sáhara hasta las fronteras actuales del moderno Egipto, teniendo como límite, al sur, el Sahel.

En la actualidad, el pueblo bereber lo forman entre 25 y 45 millones de individuos. Aunque todavía conservan una parte de sus ricas tradiciones y su propio idioma, poco a poco han ido perdiendo su cultura, influenciados por la presencia, primero, de la influencia colonial europea y en los últimos años sometidos a una progresiva y rápida islamización de sus costumbres. Para los musulmanes radicales, los ritos de los bereberes son considerados paganos y satánicos, y exigen con vehemencia su erradicación.

En el primer cuarto del siglo XX los bereberes se concentraban en la región del Rif, zona bajo control del Protectorado Español de Marruecos. Aislados en las montañas y ajenos al proceso de occidentalización, rechazaron a tiros los intentos de penetración de los españoles, campañas en las que tuvo su bautismo de fuego Franco.

Los imazhigen se mantuvieron aferrados a sus costumbres. Como pueblo orgullosamente supersticioso, creían, y siguen creyendo, en las dañinas consecuencias del mal de ojo, en la existencia de perversos duendes y en las posesiones demoníacas. En la práctica de sus creencias ancestrales resulta habitual recurrir a la ayuda de hechiceros, y sobre todo de brujas, para que sus elaborados conjuros les ayuden a hacer frente a las malvadas fuerzas sobrenaturales que les acechan, además de acudir a ellos para que les vaticinen su futuro. Por ejemplo, en su imaginario popular se encuentra muy difundida la fe en el poder sanador de algunos relatos simbólicos narrados por determinadas mujeres en noches donde brilla la luna.

LA HECHICERA BEREBER

Inmersos en este contexto, era habitual que los oficiales y soldados del Ejército español destinados en el Norte de África consultasen a brujas bereberes para que les leyesen el futuro, de la misma forma que fumaban quife en cachimbas, apostaban jugando a las cartas, se emborrachaban en los clubes militares o acudían en tropel a sórdidos prostíbulos.

Como muchos de sus biógrafos han comentado, Franco rehuía el contacto con sus compañeros de armas, despreciando unas diversiones que, según su estricto código moral, consideraba obscenas. Cuando sus obligaciones militares se lo permitían, le gustaba pasear en solitario por las estrechas y ruidosas callejuelas de las plazas africanas, inmerso en sus propios pensamientos. Puede que en una de esas largas excursiones, sus pasos se dirigiesen, de forma consciente o involuntariamente, hacia el cuchitril de una pitonisa bereber que ofrecía sus servicios como adivina. Tal vez había oído hablar a otros oficiales españoles sobre los poderes de aquella bruja y sus acertados vaticinios, o simplemente fue atraído por su reclamo y decidió probar suerte.

Dominado por su convicción de que estaba predestinado y atento a cualquier indicio que pudiera confirmarlo, cabe la posibilidad de que interpretase aquella casualidad del destino, en apariencia sin relevancia, como una señal de la Providencia que no podía dejar escapar si quería conocer lo que el futuro le tenía reservado.

De una de estas formas Francisco Franco habría entrado en contacto con Mersida, apodo profesional por el que era conocida esa misteriosa vidente. Algunos autores señalan que realmente respondía al nombre de Mercedes Roca, supuesta hija de un oficial del Ejército francés y una mujer bereber. Sus orígenes parecen responder al perfil que se espera de una  pitonisa, o de una persona que por oscuros motivos quisiera mantener en secreto su verdadera identidad. Según estas mismas fuentes, Franco habría visitado a Mersida en numerosas ocasiones, centrando sus consultas en cuestiones referidas a su futuro como oficial, al desarrollo de la campaña militar en el Norte de África y temas relacionados con su familia y las personas del círculo social en el que solía desenvolverse, sin que sepamos cuál fue el método adivinatorio que empleó para realizar sus predicciones.

Presentada como rubia y de ojos claros, descripción que corresponde con la de una mujer rifeña bereber, era muy conocida por militares franceses y españoles, clientes asiduos de sus consultas, circunstancia que nos lleva a pensar en la posibilidad de que bajo la apariencia de adivina actuase como espía al servicio de unos u otros, pasando la información sensible que le era confiada por los oficiales europeos.

Desde luego, la historia de la pitonisa Mersida reúne todos los componentes de un buen relato de aventuras ambientado en un escenario exótico y rodeado de misterio. Sin embargo, este evidente atractivo no sirve para confirmar su veracidad, careciendo del rigor que se exige a las fuentes históricas fidedignas. La mayoría de referencias que pueden encontrarse sobre Mersida en las bibliografías y páginas de Internet repiten los mismos datos sin citar el origen de su procedencia, lo que impide pronunciarse sobre su rigor. Sea o no cierto el relato, su rastro se perdió cuando Franco asumió la Jefatura del Estado, aunque según estas mismas fuentes la pitonisa habría contado con la protección directa del dictador, para el que habría reservado sus facultades adivinatorias en exclusiva.

EL CURANDERO SEFARDÍ

Igual de sospechoso parece el relato sobre los contactos de Franco con Corintio Haza, un modesto comerciante de origen sefardí residente en Tánger que de manera esporádica ejercía como curandero. Los más probable es que Haza fuera un buscavidas más de los que abundaban entre la variopinta y cosmopolita población de las ciudades norteafricanas de aquella época, pero algunos autores han pretendido presentarle como un sabio iniciado en la cábala que también habría alcanzado fama con sus predicciones. Franco le habría consultado en alguna ocasión y Haza, observador perspicaz y experimentado de las debilidades humanas, habría regalado los oídos del ambicioso oficial con las palabras que había venido a oír, pronunciando un vaticinio que se ajustó a las perspectivas de su cliente. El supuesto cabalista le habría augurado la dirección de una sublevación militar que cambiaría el destino de España, refiriéndose a Franco como un elegido de la Providencia para cumplir con ese cometido, lo que encajaba perfectamente con las convicciones del militar relativas a su supuesta baraka –superar favorablemente una situación muy peligrosa–.

El cumplimiento de aquella vieja profecía aumentó el prestigio de Haza, que habría pasado a formar parte de la secreta y reducida nómina de brujas y magos que supuestamente habrían asesorado a Franco a la hora de tomar decisiones de especial trascendencia.

A Corinto Haza también se le ha atribuido el diseño del Vítor o Víctor, símbolo que fue adoptado como uno de los emblemas más reconocibles del franquismo. Los orígenes del Víctor se remontan a la época romana, derivándose del crismón, una de las representaciones del anagrama, o combinación de letras, que contenía las dos primeras del nombre en griego de Cristo. El crismón fue exhibido en los estandartes de los emperadores romanos a partir de la conversión al cristianismo de Constantino I y con el tiempo el Víctor fue cambiando hasta adquirir la forma del escudo de la Victoria por la que hoy es reconocido.

El anagrama combina las letras V, I, C, T, O y R siguiendo un patrón en el que a veces se introducen pequeñas variaciones. Este símbolo fue recogido por la tradición universitaria española a partir del siglo XIV, adquiriendo un significado diferente.

Era dibujado con pigmentos rojos y negros en los muros de los edificios universitarios como emblema conmemorativo por aquellos estudiantes que habían finalizado sus estudios alcanzando el grado de doctor. A mediados del siglo XIX las inscripciones murales con Víctores dejaron de pintarse, hasta que volvieron a aparecer con ocasión del estallido de la Guerra Civil, aunque con un sentido muy diferente. Con el ascenso de Franco al poder, Corintio Haza habría recuperado del olvido ese anagrama despojándole de su ancestral significado para otorgarle una nueva simbología. El cabalista sefardí lo habría elegido para servir como una suerte de talismán protector y amuleto de la buena suerte para el dictador, emblema que a partir de entonces le acompañaría en el transcurso de la contienda y tras la consolidación de la dictadura.

Cumpliendo con esa función mágica, la imagen del Víctor estuvo presente en casi todos los grandes actos del régimen franquista, ocupando un lugar destacado en la tribuna oficial durante los Desfiles de la Victoria que a partir del 19 de mayo de 1939 se celebraban cada año en el Paseo de la Castellana para conmemorar la victoria en la Guerra Civil española.

Como nos ocurre con el caso de la adivina Mersida, las fuentes que nos pueden llevar a descubrir la verdadera identidad de Corintio Haza se pierden entre un laberinto de pistas falsas que conducen a ninguna parte. De la misma forma, tampoco conocemos más datos sobre su vida ni cuál fue su último paradero, mientras su nombre se esfuma entre una espesa niebla tan misteriosa como su propia existencia.

A pesar de estas dudas, persisten las opiniones que insisten en presentar a Haza como un auténtico mago que incorporó al Víctor franquista elementos relacionados con la alquimia, la astrología y la masonería hasta transformarlo en un poderoso talismán que velase por el destino del dictador.

De haber sido cierto que el dictador consultó a pitonisas y adivinos antes de tomar importantes decisiones, resulta evidente que su intervención fue eficazmente silenciada por el régimen. Teniendo en cuenta la atmósfera de fundamentalismo católico que rigió los primeros años del franquismo, la presencia de estos personajes en el entorno del líder máximo no hubiera sido bien vista. El dictador no tardó en sustituir los presagios adivinatorios paganos por simbología religiosa y reliquias a las que la fe cristiana confería poderes milagrosos, como la mano incorrupta de Santa Teresa.

 

Puedes leer el artículo completo en el número 264 de Enigmas

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