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Cusco, ingeniería y astronomía celestial

Sábado 05 de Agosto, 2017
Una novedosa tesis sostiene la existencia de un “plan maestro” que modeló el paisaje a gran escala –montañas, valles, ciudades y templos– para representar sobre la tierra a los pumas, cóndores y divinidades de Cusco. Por José Gregorio González.
Fortaleza de Sacsayhuaman, Cusco

Hoy por hoy, pocos arqueólogos e investigadores independientes que hayan coqueteado con las revisiones heterodoxas de la historia cuestionarán que la Teoría de la Correlación de Orión, presentada hace décadas por el ingeniero anglo–egipcio Robert Bauval, introdujo una forma innovadora de contemplar el pasado y muchas de las culturas que nos precedieron.

En esencia, Bauval propone que las tres grandes pirámides de la Meseta de Giza, la Esfinge, otros templos cercanos y el propio cauce del Nilo, reproducen sobre el terreno una zona concreta del cielo de enorme significado en la espiritualidad egipcia, con el Cinturón de Orión y la Vía Láctea como protagonistas.

La zona sería una suerte de reflejo del cosmos; pero no sería la única. En función de la disponibilidad de recursos y desarrollo técnico de cada cultura, esa fijación de los antiguos por cristalizar parcelas del Cielo sobre la Tierra la encontramos de manera latente en enclaves megalíticos de todo el planeta –incluyendo el más que probable germen egipcio de Nafta Playa, en la Nubia antigua–, alcanzando regiones tan distantes como la Isla de Pascua y sus moais mirando a las estrellas, la camboyana Angkor, cuyos templos principales imitarían a la constelación del Dragón con una alineación que apuntaría, al igual que en el caso egipcio, al 10.500 a.C., o los desconcertantes santuarios astronó micos de los antiguos canarios con sus precisas orientaciones. La arqueoastronomía y las herramientas que pone a su servicio la tecnología, nos están ayudando a contemplar el pasado de otra manera. Por ello, no es extraño que también se haya mirado hacia la cultura inca en busca de claves similares, de equivalencias en los templos y estructuras de una de las más apasionantes civilizaciones de todos los tiempos, en la que astronomía, mito y religión eran prácticamente indistinguibles.

MODELANDO EL PAISAJE INCA
¿Es posible que los antiguos incas vieran en determinadas rocas y accidentes orográficos una huella o materialización de sus dioses y héroes? ¿Se puede considerar que más allá de la focalización de sus mitos en las caprichosas formas de la naturaleza, llegaran a modelarlas para erigirlas en efigies de sus divinidades? ¿Cabe la posibilidad de que se trazaran ciudades bajo la forma de tales dioses, distribuyendo sus templos, plazas y demás elementos de cara a realzar los rasgos de los mismos?

Las respuestas a estos interrogantes parecen apuntar a un sí rotundo que plantea el diseño sobre el terreno de sus dioses y del espacio celeste que según sus mitos ocupaban. La magnitud de esta reinterpretación de la arquitectura incaica empieza por concebir a su Valle Sagrado como un reflejo de la Vía Láctea o Río Celestial, distribuyendo por su valle terrenal los asterismos visibles y las constelaciones oscuras formadas en combinación con los espacios sin estrellas, que sus astrónomos distinguieron en el cielo.

La tradición cusqueña ofrece ejemplos muy claros, dando a Cusco la forma de un puma sentado en cuclillas, con la fortaleza de Saccsayhuaman como su cabeza, y la actual calle Pumakurko como la espina dorsal del felino.

Juan de Betanzos en 1551 y Sarmiento en 1572 aludirían a este vínculo totémico. La abogada y periodista Alfonsina Barrionuevo amplía los detalles en Cusco Mágico, asegurando que el puma se recostaba sobre el lecho seco del antiquísimo lago Inkill: “Sus colmillos afilados en punta de lanza hacían el aguerrido relieve de la primera muralla de la plaza y sus pupilas fulgurantes eran los torreones recubiertos con planchas de oro que brillaban al sol. Sobre su lomo gigantesco corre hasta hoy el Tullumayu, llamado “río de huesos” porque mojaba las vértebras del dios, cuyas zarpas afelpadas se cerraban sobre otro río milenario, el Saphi ‘raíz de manantiales’. Su cola concluía en una calle que todavía conserva su viejo nombre indio, Pumaq chupan –cola del puma–”.

Historiadores como el recordado Manuel Chávez Bayllón, el antropólogo John Rowe o María Rostworowski refrendarían en el siglo XX esta visión felina de la urbe inca, una lectura que ha sido cuestionada en tiempos recientes por Ana María Gálvez, directora del Museo Histórico Regional del Cusco. Junto a su equipo de colaboradores defienden la hipótesis de que se trata realmente de un Qoa, una especie de gato silvestre también conocido como Titi-Michi, divinidad de la lluvia y el granizo.

Controversia al margen, el caso del puma–qoa cuzqueño no es único y en otros escenarios la conexión entre las creencias, las formas de la naturaleza y los fenómenos celestes con significado cosmológico para los incas, da lugar a combinaciones espectaculares en los que la piedra desempeña un papel protagonista. Tal y como resumen los investigadores Fernando y Edgar Elorrieta Salazar en Cusco y el Valle Sagrado de los Incas, “los ciclos míticos del origen del hombre, de los Incas y la ciudad de Cusco, son ricos en símbolos, gestos rituales, y sucesos sobrenaturales asociados a descripciones de la geografía en la que se desarrolla la gesta. En esta etapa por lo general se representa a los héroes civilizadores y fundadores, como personajes enviados por la divinidad en busca de un lugar previamente singularizado, el cual ha de ser reconocido, en el momento en el que el gesto ritual de sus personajes es aceptado por la madre Naturaleza o los seres que moran en ella, reflejándose el hecho, en manifestaciones suyas –arco iris, haces de luz, lluvias de fuego, etc.–, que serán tomados como señal de buen augurio y donde culmina o se fija un hito –conversión de los personajes en piedra–, en este largo peregrinar”.

UNA CIUDAD PARA EL SOL
 La apasionante historia de Cusco viene a ejemplarizar la de otras ciudades que emergieron en la América Precolombina, urbes cuya organización, arquitectura y modernidad hacían palidecer a sus equivalentes europeas. La metrópolis erigida en la cuenca del río Hutanay, al sur de Perú, se convirtió en la capital del Imperio Inca y sus palacios y templos hicieron palidecer a Francisco Pizarro y sus hombres cuando la alcanzaron en 1533. En aquel tiempo, este enclave solo estaba habitado por el Inca, su familia, la nobleza, los sacerdotes y las mujeres reservadas al culto y al concubinato, estableciéndose en los aledaños de la ciudad los gobernadores provinciales y los jefes étnicos o curacas. Pedro Sancho de la Hoz, un soldado español que actuó como secretario del Conquistador, estimó en 100.000 las casas de la ciudad y para cuando Pizarro la contempló se estima que la Qusqu quechua llevaba habitada más de 2.500 años, cuando un nutrido grupo de individuos de la cultura Taypiqala se estableció por vez primera en sus inmediaciones. Las leyendas explican que el nombre quechua de la ciudad, Qusqu o Qosqo, es traducible como centro u ombligo, de tal manera que Cusco equivaldría a “ombligo del mundo” por entender que este enclave situado a 3.350 metros de altitud, es el punto de encuentro entre el inframundo de los muertos, Uku Pacha, con el visible, Kay Pacha, y el mundo superior o Hanan Pacha, donde habitaban las divinidades, entre ellas Inti, Viracocha o Mama Cocha.

Desde Cusco se gestaría la transformación de la cultura Inca en el Tahuantinsuyo, el Imperio de las Cuatro partes del Mundo, un estado cohesionado a través de los largos caminos que llegaron a unir regiones tan distantes como Ecuador, Chile o Argentina.

Esos caminos –que podrían sumar más de 23.000 km– favorecían las comunicaciones, el comercio y la expansión de la cultura en un grado suficiente para recibir los tributos que sostenían el gran estado y mantener la autonomía de cada provincia. Las posadas construidas junto a ellos jugaron un papel esencial, dado que permitían la recogida e intercambio de mercancía, y de alguna manera suponían una presencia física del Inca en los más remotos parajes. La diplomacia hacía posible los pactos y las conquistas ganaban terreno allí donde se encontraba resistencia, siendo gobernadas por los Incas por Privilegio, una casta entrenada para gestionar las nuevas ciudades y a sus respectivas etnias en un enorme territorio. La magnificencia del Imperio de las Cuatro Partes del Mundo quedó patente para los conquistadores españoles cuando contemplaron el Qoricancha, el Templo Dorado, el recinto más venerado por los incas y que aparecía cubierto con láminas de oro. Desde él, originalmente conocido como Inticancha o Templo del Sol, partían 41 líneas imaginarias que conectaban en 10 km a la redonda 300 recintos de culto. Los restos de la edificación descansan hoy bajo el claustro del convento de Santo Domingo del Cusco, pudiendo contemplarse los recintos dedicados al arco iris, el rayo, la luna, el sol y las estrellas. Una hornacina del Templo de las Estrellas presentaba una alineación directa con la salida del Sol en el solsticio de invierno, mientras que un corredor estuvo alienado con las Pléyades, la constelación protectora del maíz.

PIEDRAS Y CIUDADES TOTEM
Al terreno del mito, aunque cobra fuerza la raíz histórica, pertenece la fundación de la ciudad por Manco Cápac, quien, tras ser creado en el lago Titicaca por Viracocha, emergería de una gruta en la tierra junto a sus tres hermanos, esposas y tres clanes que le servían con fidelidad. Inti, su padre y dios sol, les había encomendado que levantaran la ciudad donde pudiera ser clavada en el suelo una varilla de oro haciéndola desaparecer, el Tupayauri, indicio de la riqueza agrícola. La leyenda describe cómo a través de diversas peripecias, los hermanos se van quedando por el camino, erigiéndose Manco Cápac como el soberano fundador junto a Mama Huaco.

Este mito está acompañado de singularidades geológicas y arqueoastronómicas como las registradas en el pueblo de Ollantaytambo, donde la tradición ubica el Pacaritanpo, “Casa del Amanecer” o “Palacio de las Ventanas”, la gruta de la que emergieron.

En el solsticio de invierno, el 21 de junio en el Hemisferio Sur, un único rayo de sol rompe al amanecer la oscuridad de un valle que desde lo alto cobra la forma del Árbol Sagrado, simbolizando con ese hilo de luz una suerte de cordón umbilical que termina iluminando una estructura muy definida. Se trata de una antiquísima pirámide en torno a la que sus constructores rebajaron el terreno creando lo que aparentan ser dos grandes ventanas. La tradición indica que por esas ventanas emergieron al mundo los héroes, y corresponde su ubicación con la que tendría un fruto dentro de ese gigantesco árbol de los orígenes incaicos. 

Es llamativo que el cerro Pinkuylluna bajo el que se ubica Ollantaytambo presente un rostro esculpido, el de Wiracochan o Tunupa, el profeta o enviado de Wiracocha, que su templo se ilumine durante el solsticio de verano o que actúe como un marcador arqueoastronómico para seguir los movimientos del Sol y de la constelación asociada al maíz, las Pléyades. Cada vez son más los que llaman la atención sobre las peculiaridades de ese rostro que desafía el vacío, perfilando en la montaña en la que está otras partes de su figura, como la bolsa de carga que coincidiría con los depósitos o almacenes construidos por los habitantes de la zona. En sus inmediaciones se halla, en la grieta de una vertiginosa pared, una roca que recuerda la fuerza de la honda de Ayar Cachi, hermano de Manco Capac, capaz de romper montañas. La leyenda dice que se transformaría en pájaro, en un cóndor que se transmutaría en piedra. Ese cóndor gigante se perfila en otro enclave, en el que numerosos altares delatan su condición sagrada. El juego de luces y sombras hace que su ficticia cabeza proyecte sombras especiales en los solsticios, una vitalizadora en el de invierno, y otra que desciende buscando alimento en el solsticio de verano, el 21 de diciembre. Curiosamente, la sombra cae en el centro de un gnomon donde hay un altar en el que se colocaban las ofrendas.

La fortaleza de Saccsayhuaman, edificada durante medio siglo, merecería un artículo propio por la genialidad arquitectónica de los incas. Entre los sillares trabajados con martillos de bronce y piedra se camuflaron animales que se van manifestando a medida que el sol incide en ellos. Serpientes, aves, pumas… cuya simbología pudo vincularse con la fertilidad y las estrellas. En uno de los francos de la montaña de Tamboqasa se diseñó un área que a determinada altura se descubre como una llama y su cría, conjunto que representa tanto al animal como a la constelación oscura, con alfa y beta centauro como sus ojos. En su macroversión terrenal se ubicó un templo dedicado al Sol en la zona de la cabeza, mientras que otra edificación hace las veces de ojo, que de manera muy llamativa es iluminada por el sol el 21 de junio.

Este reportaje fue publicado en ENIGMAS 248, julio 2016.

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