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La ciudad del Doncel

Viernes 28 de Julio, 2017
Lugar sagrado desde tiempos megalíticos, enriquecida en época medieval y renacentista por cardenales y obispos, entre sus murallas se entremezcla lo sacro y lo misterioso. Viajamos a la meseta castellana, a una villa medieval que es arte vivo al aire libre, marcada por lo fantasmal y legendario. Ponemos rumbo a Sigüenza.
Texto: Francisco Contreras Gil

Sigüenza está marcada por la historia, la leyenda y el misterio. Ciudad milenaria, sus calles seducen y sus piedras embrujan. La energía de sus orígenes paganos cobra vida recorriendo sus plazuelas. Ya en su nombre, que deriva del celtíbero Segontia, hallamos reminiscencias mágicas: “la que ilumina el valle”. Sus primeros pobladores fueron arévacos y celtíberos. Estos últimos erigieron un castro en lo alto del sagrado monte de la sierra Mitra. En el siglo II, fue conquistada por las legiones del cónsul Catón. La Segontia  romana se convirtió en un fuerte asentamiento durante tres siglos. Punto estratégico a los pies de la calzada entre Mérida y Zaragoza, su antigua sacralidad desapareció cuando la semilla del cristianismo brotó con fuerza, convirtiéndose en sede episcopal en el siglo IV.

Los godos tomaron la ciudad en el V y su dominio se prolongó durante cuatro centurias.

Ellos levantaron el castillo, así como una pequeña basílica en el antiguo ninfeo romano, anterior templo pagano. En el siglo VII las tropas musulmanas de Tarik convirtieron la villa en medina y el castillo en alcazaba. Durante el período de dominio del Islam, pasó a ser dependiente de la cercana Medinacelli, habitada por mozárabes que vivían escondidos en la basílica, junto al río. No fue hasta el siglo XII cuando las tropas cristianas conquistaron y liberaron la villa de los infieles. Fue el obispo Bernardo de Agen, aquitano monje guerrero, perteneciente al reino de Aragón, a las órdenes del templario Alfonso I “El Batallador”, quien tomó la villa en enero de 1224. Sigüenza se convirtió entonces en una villa clave. Primero en punto defensivo que cerraba la frontera con el Islam. Y después, como centro político-eclesiástico, continuando como sede de obispos. Purpurados que en la iglesia eran clérigos, en la ciudad señores, y soldados en el campo de batalla. Nombres como el del cardenal Fonseca, del siglo XIV, emparentado con los reyes de Portugal, contemporáneo al hereje Papa Luna, a quien defendió a ultranza. Su escudo de armas –cinco estrellas, cruzadas de barras–, podemos verlo tallado en el castillo, en la Torre Mediodía. O el cardenal Mendoza, considerado el responsable de convertir el castillo en Palacio Episcopal y creador de la Universidad seguntina, del Señorío de Sigüenza.

EL FANTASMA DE DOÑA BLANCA
Situado en la zona más alta, dominando la villa, el castillo fue desde el siglo XII y hasta el siglo XIX residencia de obispos. Tras las Guerras Carlistas, el Castillo cayó en el abandono. Y no fue hasta finales del siglo XIX cuando recuperó su protagonismo. Concretamente en 1890, cuando el padre Saturnino López lo rehabilitó y fundó la Casa de Asilo. Ya en el siglo XX pasó a ser Casa-Cuartel de la Guardia Civil. Más tarde, durante la Guerra Civil, fue transformado en refugio y Hospital de Sangre. Tras la contienda, en 1941, se reconstruyó –a la par que la catedral– para convertirse, ya en 1978, en Parador Nacional.

En esta celda estuvo prisionera la desventurada y joven reina Blanca de Borbón, sobrina de Carlos V de Francia y nieta del rey San Luis. Fue esposa de Pedro I “el Cruel”, rey de Castilla y León (…).

La princesa de Francia, ya reina de Castilla, tenía 18 años, era rubia y muy bella. A los días el joven rey, su esposo, la abandonó para reunirse en la Puebla de Montalbán, con su amante María Padilla (…) muchos nobles de Castilla, obispos y el cardenal enviado del papa Inocencio III, se coaligaron en Tordesillas con numerosas huestes y obligaron al rey a prometer vivir con su esposa doña Elena a la que tenía presa en Toledo. El rey, acorralado, así lo prometió en la Villa de Toro, pero ya libre, decidió vengarse de los que le habían forzado y mandó encerrar a doña Blanca en este castillo en 1355”.

Así reza la leyenda grabada en azulejos junto a la celda real, por el arquitecto restaurador del castillo en la Torre de Doña Blanca, donde supuestamente estuvo prisionera la reina. Realidad y ficción se entremezclan. Son muchos los que afirman escuchar voces y haber observado una figura femenina recorriendo la fortaleza. Y para todos, empleados y huéspedes, no cabe duda alguna de que se trata del fantasma de la reina Doña Blanca, que vaga por la atalaya donde permaneció encerrada reclamando justicia tras perder la vida en Medina-Sidonia, de un ballestazo, al parecer, por encargo de su esposo Pedro I.

EL ENIGMA DEL DONCEL
En el centro de la urbe se alza majestuosa la catedral. Es para ver su interior y exterior con detenimiento. Pero si hay un rincón que merece unos minutos más que el resto ese es la Capilla del Doncel, donde el viajero encontrará uno de los grandes tesoros artísticos de nuestro país; también un enigma en piedra. Se llamaba Martín Vázquez de Arce. Nació en algún lugar de Castilla. Fue paje del Duque del Infantado y de los Reyes Católicos. Se educó en Salamanca y guerreó desde jovenSu vida estuvo marcada por diferentes amores, entre los que destaca el romance con la hija del inquisidor, con la que aprendió a leer libros prohibidos y con quien tuvo una hija llamada Ana. Cayó en combate en 1486, con 25 años en la Vega de Granada. Como cuenta la leyenda, su última voluntad fue tener su mausoleo en la catedral de Sigüenza. Su tumba se encuentra en el interior de la Capilla de San Juan y Santa Catalina, erigida por los padres del Doncel, Fernando de Arce y Catalina de Susa, y donde también reposan sus restos juntos a los de su hermano Fernando. La escultura es icono de la ciudad de Sigüenza. Una de las más bellas y enigmáticas de nuestro país. De estilo gótico, rompe los cánones de la escultura de su tiempo. Por primera vez una imagen funeraria no aparece yacente sino recostada y con un elemento nuevo: un libro entre sus manos. Es la huella en piedra del cambio de mentalidad ante la muerte; la obra que simboliza el paso de la Edad Media a la Edad Moderna. Del mundo de los Castillos al de los Palacios. De la fe a las ciencias y letras. Una escultura que transmite la serenidad ante la muerte, lo que los griegos llamaban la sofrosina. Que refleja la ataraxia de la tranquilidad bajo la mirada ensimismada en un manuscrito. Una talla de cuyo autor nada sabemos. Para unos puede tratarse de la obra del artista toledano Sebastián Almonacid. Para otros, es obra de un maestro italiano desconocido. Sea como fuere, nada se sabe del artista que inmortalizó en el luminoso alabastro al Comendador de la Orden de Santiago, Martín Vázquez, y con él una malla que es objeto fuera de su tiempo en esencia, porque de una pieza y con tal filigrana, aún no sabemos que técnica usó para no quebrar el alabastro. Un enigma más, pero no el único…

EL FANTASMA DEL CASTILLO DE RIBA
Cerca de Sigüenza, a 10 km de la villa, por la carretera que conduce a Atienza llegamos al castillo de Riba de Santiuste. Una fortaleza de origen musulmán, escenario de uno de los grandes casos fantasmales en la década de los ochenta. Lo protagonizó el equipo del programa Medianoche, dirigido por Antonio José Alés. Una comunicación a través de un código de sonidos con “algo” invisible, que decía no pertenecer a nuestro mundo. Desde entonces muchos afirman haber sido testigos de lo imposible en esta atalaya.

Este reportaje fue publicado en el nº247 de la revista ENIGMAS

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