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El caso del «pasajero fantasma» investigado por los medios

Martes 09 de Octubre, 2018
¿Recogerías a un joven autoestopista? Pedro lo hizo, y parece que la persona a la que recogió no era de nuestro mundo… se bajó en mitad de la nada, no habló, dejó un olor a quemado y dejó una huellas muy extrañas en la alfombrilla. Fernando Silva

En marzo de 2018 me dirigí a San José de la Esquina, una localidad situada en centro de la provincia de Santa Fe. Mi objetivo era contactar con Omar Llanos, el periodista que conocía los pormenores del «caso del pasajero fantasma», un extraño incidente que había adquirido gran repercusión mediática.

La culpa de tanto revuelo la tenían los inquietantes detalles que envolvían el episodio, protagonizado por un conductor llamado Pedro Peirone.«Cuanto más investigo, más misterioso se me hace el caso», me confesó Omar Llanos mientras desayunábamos en el hotel del pueblo.

Aunque incómodo con el vuelo de la noticia (no esperaba más que realizar una nota para la TV local), se mostró abierto a compartir sus inquietudes en relación con el caso. Sin rodeos, Llanos me preguntó si es que tenía ya una idea de qué podía haber sucedido. Pero si en boca cerrada no entran moscas, en este caso debería decir que el silencio prudente no espanta espectros, por lo que evité hablar y me dediqué a escuchar.

La cafetería, sobre todo los fines de semana, domingo por la mañana, parecía ser el lugar de encuentro de los pilares de la comunidad. Desde funcionarios municipales hasta empresarios, todos desayunaban compartiendo charlas y, en el momento en que Llanos me presentó como «el periodista que llegaba de Buenos Aires», comenzaron a surgir interesantes datos.

Por ejemplo, nadie de los presentes dijo una palabra negativa alguna sobre Peirone. De hecho, ante mi insistencia acerca de si podría tratarse de una broma que pasó a mayores, me respondieron: «¿Y quién le haría eso a Pedro?», descartando que el autor fuera el mismo testigo.

DEMASIADO SILENCIO
De las cinco veces que he consultado a Peirone por su experiencia, debo decir que no ha cambiado su relato. Una historia que comienza el lunes 26 de febrero a las 08:29 hs de la mañana en la vecina localidad de Arriaga.

El testigo, que había viajado para realizar unos trámites, emprendía el regreso hacia San José de la Esquina cuando vio a un joven junto a una columna, haciendo señales para que se detuviera y le llevara. Pedro Peirone desaceleró y estacionó a un centenar de metros, de modo que pudo ver por el espejo retrovisor cómo el muchacho corría, literalmente, hacia su camioneta.

«Cuando subió lo hizo calladito, no me dijo ni ‘buen día’; tampoco hacia dónde iba». Fue entonces que Peirone le consultó si se dirigía a San José de la Esquina, a lo que el joven le respondió cortante: «No, yo le voy a decir dónde me bajo».

A partir de ahí, el viaje, de unos quince minutos, se realizó en silencio, hasta que el pasajero señaló el punto exacto donde quería quedarse: un cruce desierto. Peirone, que hasta entonces estaba seguro de que su pasajero era algún estudiante de la escuela técnica de su localidad, se sorprendió por el lugar donde le había indicado que se detuviera.

Tras hacerlo, vio cómo su acompañante abría y cerraba la puerta, sin siquiera saludar o agradecer el favor. En ese instante, el testigo percibió un olor a cables quemados, por lo que, temiendo un problema en el motor, descendió y abrió el capó del vehículo, encontrándolo todo en orden.

Acto seguido, se dispuso a regresar al habitáculo de la camioneta, no sin antes echar un vistazo a los alrededores en busca del autoestopista. Para su sorpresa, no había ni rastro de él, pero sí lo halló en el interior del vehículo, aunque de un modo insospechado. Al mirar el lado del acompañante, descubrió algo que terminó por desconcertarlo: los zapatos de su pasajero parecían haberse derretido en la alfombrilla de goma, dejando dos marcas muy claras.

Peirone, tras concluir que el olor a quemado tenía que ver con aquel fenómeno inusual, descendió nuevamente de la camioneta al objeto de comprobar si había más huellas del joven junto a la puerta del copiloto.

Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que sus propias huellas y las de la camioneta eran visibles en la tierra, pero del lado de su acompañante no se veía pisada alguna. Pese a la extrañeza del episodio, Peirone se centró en buscarle una explicación convencional y, temiendo que el muchacho hubiera escapado de su hogar, denunció los hechos en la estación de policía de San José de la Esquina, desde donde los pormenores del asunto llegaron a oídos de Omar Llanos.

Según el periodista, lo primero que salta a la luz es que no hay reportes de jóvenes desaparecidos en la zona. No obstante, la policía científica solicitó la alfombra con las huellas para realizar un estudio. Fue en ese momento que Llanos tuvo una idea: si Peirone recogió al pasajero en la localidad de Arteaga, quizá alguna cámara de la población hubiese grabado al muchacho.

Con la esperanza de lograr una identificación positiva, Llanos y Peirone solicitaron al jefe comunal de Arteaga el acceso a las filmaciones de las cámaras de vigilancia. Pero lejos de resolver el enigma, lo que mostraban las cámaras parecía acrecentarlo. En las imágenes se aprecia el paso de la camioneta de Peirone y la columna donde debería haber estado el autoestopista, pero resulta que allí no había nadie.

Es más, tampoco se ve a persona alguna corriendo o caminando por la zona en el momento del suceso. Por si fuera poco, dos vecinos de Arteaga declaran haber visto la camioneta detenida en el acceso a la localidad, pero afirman que Peirone estaba solo aunque con la puerta del acompañante abierta.

AL BORDE DEL LLANTO
La residencia de Peirone abarca unos doscientos metros cuadrados en los que reparte su hogar, su taller (se dedica a realizar perforaciones de agua) y un garaje amplio.

El predio está rodeado por un parque lleno de árboles de todo tipo y un jardín envidiable. No parece necesitar publicidad alguna y menos de esta clase, pero le pregunto si es que acaso quiso gastar una broma a sus amigos.

Al testigo, que hasta ese momento se mostraba de buen ánimo y relajado, se le llenan los ojos de lágrimas y reconoce que no existen razones para creer en su palabra, pero que está convencido de que presenció un fenómeno inexplicable.

«Fue muy extraño. Cuando vi las marcas en la alfombra puse la mano encima para ver si estaba caliente, pero la noté fría, lo cual me resultó extraño. Entonces bajé a buscarlo y, ya has visto la zona, Fernando, no hay manera de que alguien desaparezca en segundos», me explica Peirone.

Minutos antes habíamos visitado el cruce donde el pasajero decidió terminar su viaje y, en efecto, se trata de una zona abierta, con escasa vegetación. Mirando al este, se divisa la única arboleda, situada junto al cementerio local. Pregunto a Pedro Peirone si acaso ha relacionado esa cercanía con lo que le sucedió.

«Vinieron de otros medios y hasta filmaron en el cementerio –hace un gesto de claro disgusto–. Yo no sé qué fue lo que viajó conmigo, pero era ‘un fenómeno’. Para mí, la marca en la alfombra es una señal que me deja, como diciendo, ‘aquí estuve’».

Peirone solo se anima a arriesgar otra posibilidad y se desprende del hecho de que recuerda el rostro del joven a la perfección. «Lo reconocería al instante», afirma justo antes de entrar en uno de los detalles que más le molestan, y es que en ningún momento le preguntó el nombre.

Hay que poner la situación en perspectiva: tanto Arteaga como San José de la Esquina son poblados pequeños, en los que la mayoría de la actividad pasa por trabajar el campo y acudir al cine o a la iglesia. En este ambiente, es sencillo afirmar que «todos se conocen» o, al menos, tienen una idea de quién tienen delante.

Sin embargo, un muchacho solitario y desconocido no fue suficiente como para despertar la curiosidad del testigo y consultar algunas cuestiones básicas. «Pienso que, de alguna manera, me manejó los pensamientos», afirma el testigo, mientras vuelve a mostrar lágrimas en los ojos. «No entiendo cómo es que no le pregunté más que la edad».

ANÁLISIS PENDIENTES
Dentro de las posibles explicaciones que barajaba antes de encontrarme con el testigo, figuraba la posibilidad de que el pasajero hubiera encontrado un lugar para esconderse tras gastar una broma a Peirone.

Pero, como he mencionado antes, a la vista de la zona parece imposible. Otra opción es que un trabajador hubiera subido a la camioneta con sus zapatos empapados en brea, pero mis averiguaciones dieron por resultado que ningún trabajo de reparación de rutas se ha realizado en los últimos meses en la zona de los hechos.

Además, si se tratase de un obrero vial, sería bastante mayor que la edad declarada de 15 años. Quizá, el veredicto final venga de la mano de la Policía Científica de la Provincia de Santa Fe, aunque hasta el momento no han hecho públicos los resultados del análisis de la alfombrilla.

Entre tanto, Pedro Peirone va recuperando el sueño y dejando atrás los ataques de ansiedad que le abrumaron en las primeras semanas después del incidente.

Al despedirme, Peirone me confiesa que su único consuelo es pedir a su querida virgencita que si se trata de «algo que necesita descansar en paz», encuentre el camino hacia la eternidad.

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