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En busca de El Dorado

Lunes 14 de Agosto, 2017
El Dorado es quizá uno de los mayores arquetipos de historias de aventuras, de tesoros perdidos, en definitiva, de esos cuentos que a todos en nuestra infancia nos gustaban, pues de alguna manera nos hacían soñar con que el mundo quizá tenía más que esconder de lo que pensábamos, con que esas historias de aventuras podían estar ahí, a la vuelta de la esquina, y muchos anhelábamos encontrar ese mapa perdido entre polvorientos libros de nuestros antepasados. ¿Y si era real?

Diego Cortijo

Nunca he encontrado un mapa secreto, pero la “casualidad” y la cabezonería, han hecho que en los últimos años me haya visto embarcado en una aventura, que me ha conducido sobre las líneas de un mapa inexistente, en el que cada vez veo más cruces rojas marcando un lugar. La impenetrable selva expulsa al profano, haciendo que cada envite melle a uno, desmoralizándolo, sintiendo la caricia de “algo más”, que parece que no llega.

¿Pero es posible encontrar algo en esa maraña imposible de cruzar? La selva tropical posee unas tierras infértiles. El hecho de que veamos esos suelos tan enraizados es debido a que la capa nutritiva de la selva no se encuentra en la profundidad de los suelos, sino en la misma superficie. Ese ambiente tan hostil ha hecho pensar que sólo algunos grupos tribales nómadas eran capaces de subsistir en él. Pero todo eso está cambiando, y hoy sabemos que im portantes civilizaciones se asentaron en plena selva y se desarrollaron creando notables núcleos que denotan un avance cultural importantísimo. Sabemos que adaptaron el terreno creando lo que se ha denominado como “terra preta”, un suelo negro fértil creado artificialmente. Y hace poco nos maravillamos con lo que no dentro de mucho se considerará uno de los grandes descubrimientos de la historia, una cultura totalmente desconocida que se extendió por todo el occidente de Brasil marcando el suelo con imponentes geoglifos. Hasta el momento se han descubierto, gracias a la tecnología por satélite, más de doscientas formaciones, sólo perceptibles desde el aire, que se extienden por un área de más de 40.000 km2. Estos “Geoglifos de Acre” nos avisan de que bajo la espesura, importantes culturas se han desarrollado, culturas que vivieron allí desde hace miles de años, remontándonos hasta el 2000 a.C.

EL CONTACTO INCA
El poderoso y astuto imperio inca, en prácticamente cien años de historia, consiguió unificar gran parte de Sudamérica. Los límites de tal imperio parecían claros, pero un pequeño y nuevo dato puede hacer reescribir todo. La frontera verde que delimitaba la ceja de selva o selva de altura con la húmeda e impenetrable selva baja tropical, parecía no haber sido profanada por el mundo andino, y ese era el paradigma imperante en el mundo académico, pero había algo que desconcertaba. En muchos sitios arqueológicos se veían representaciones de grandes serpientes, de jaguares y presencia de plantas y semillas autóctonas de la selva. Claramente existía un comercio con las gentes del Este, pero, ¿quiénes eran aquellos que vivían al Este de los Andes, con los que comerciaban?

Esa tierra más allá de los Andes era el Antisuyu para los incas, una de las cuatro tierras en las que se dividía su imperio. Era la cuna de los antis, término que derivó en Andes.  Y en crónicas figura cómo varios incas organizaron expediciones hacia el Este, como Topa Inca Yupangui. Allí establecieron nuevas rutas de comercio, nuevos dominios, y nuevos asentamientos. Y no sólo de crónicas hablamos, pues restos encontrados en el norte de Bolivia y sur de Brasil confirman la presencia inca en la zona. En pequeñas ruinas, presuntamente precolombinas, se han encontrado restos de cerámica inca y las dataciones lo confirman. 

¿EL DORADO O PAITITI?
Y en ese agujero negro de verde desconocido, en ese triángulo que forman las fronteras de Brasil, Bolivia y Perú, ¿qué podemos encontrarnos? El mito de El Dorado se gestó a la llegada de los conquistadores españoles, que ávidos de riqueza y poder no pudieron sino sucumbir ante el patrimonio de esas gentes. Imagínense cómo reaccionarían los españoles ante una ceremonia que pudieron ver a orillas de la Laguna de Guatavita, a unos 60 km de la actual Bogotá. Un regente era cubierto de una sustancia pegajosa y era impregnado de pies a cabeza de una fina capa de puro oro. En una balsa, cubierta de esmeraldas y oro, navegaba junto con sus cuatro caciques más importantes hasta el centro de la laguna, y una vez allí arrojaban aquel festín de riquezas a las profundidades.

En aquel momento “el hombre dorado” saltaba al agua y dejaba que se desprendiera de su cuerpo aquella refulgente y magnífica vestidura.

Sobre las aguas del lago aparecía una hermosa mancha dorada, que lentamente se hundía hasta desaparecer. Aquel hombre dorado pronto derivaría en el mito de “El Dorado” y con ello en la idea de un gran reino colmado de riquezas. Más al sur, el rey del Imperio al que acababan de subyugar los conquistadores, clamaba por su supervivencia y prometió tantas riquezas como para llenar dos estancias. Mandó Atahualpa, el último inca, a sus gentes, quienes trajeron tanto oro y plata que los españoles no pudieron más que vislumbrar unas tierras más allá de donde provenía tanto meta. Y comenzaron las expediciones que se adentraron en la selva, donde empezaron a escuchar un nombre que referían los nativos, Paititi. Y parece que todo se mezcló; aquel mito de una ciudad de oro, de El Dorado, difuminó la realidad de un lugar que al parecer sí existía. Ese Paititi, a día de hoy, parece un lugar real.

EXPEDICIÓN GUTIOLI 2012
Y como decía, la cabezonería me hace tratar de continuar arañando la superficie de algo que para mí ya no es mito. Digo cabezonería porque no es un viaje agradable. Pero con los años, el trabajo va tomando forma y las rutas se abren. Quizá, una de las claves para moverse por la selva sea el pasar desapercibido. Uno nunca ha de ser el protagonista. Y poco a poco, con cuentagotas, las pistas aparecen. Una de esas historias que obtuve de una comunidad amarakaeri, hablaba de un lugar marcado por los incas, un gran rostro inca tallado en la roca. Al principio no le presté atención, pero pronto las “casualidades” hicieron acto de presencia y di con una de las personas que conocía el lugar.

El hombre no quería acompañarme, además no conocía la ruta pues habían ubicado el lugar en helicóptero cuando ayudaban a una empresa en sus estudios de campo. Para él fue como una visión y el lugar tenía un marcado carácter chamánico. Reuní un equipo. Cuatro nativos, un guardaparque y yo emprenderíamos la marcha hacia un lugar indeterminado.

El GPS y un mapa del Instituto Geográfico Nacional serían las herramientas con las que contaríamos. Seguimos el curso del Río Madre de Dios y pronto nos adentramos en antiguas trochas de nativos.

Estas trochas o caminos, pronto comenzaron a difuminarse y el machete se convirtió en protagonista. Fue una tarea muy penosa. Tras varios días conseguimos llegar a un río, donde pensamos que avanzaríamos con mayor ligereza. El río arrastraba muchos sedimentos y el borde del cauce estaba cubierto de barro. Lo que en un principio parecía más fácil, se había convertido en una vía casi imposible. Nos hundíamos de barro por encima de las rodillas y cada paso agotaba casi todas nuestras energías.  Tuvimos que utilizar una cuerda para descolgarnos de caminos casi infranqueables. Al cuarto día, en una caída de unos cuatro metros di un mal paso y me agarré colgando a una rama. Con todo mi peso y el del equipo a mi espalda, al descolgarme de un brazo, se me había salido el hombro. El dolor era insoportable. Los días eran agotadores y las noches en la tienda de campaña no eran reconfortantes. Los nativos, contentos de estar conociendo nuevos lugares, aprovechaban cualquier parada para tratar de pescar algo. Cotejé el mapa y lo comparé con el GPS. “Creo que no vamos por el río adecuado”, les indiqué a mis compañeros. Debíamos encontrar un río mucho más encañonado. Una fina línea azul se dejaba ver en el mapa y decidimos dirigirnos hacia allá. El suelo estaba cubierto de musgo y las aguas eran cristalinas, por un momento el paisaje nos deleitaba con una imagen de cuento, pero según seguíamos avanzando, pequeñas cascadas de agua nos cortaban el paso, hasta que llegamos a una imponente pared de unos 30 metros de altura donde el agua caía sin control. El lugar era icónico y nos tomamos un buen descanso. La pequeña cuerda nos sacó del apuro y nos adentramos en el bosque.

Decidimos dejar el equipo y nos dividimos para abrirnos camino con el machete. Ascendimos apenas 250 metros de nivel y la humedad asfixiaba. El bosque no dejaba ver más de dos metros. Mis compañeros se percataron de unas huellas de jaguar. Finalmente culminamos la loma y tratamos de reponer todas las fuerzas. Nos apretamos en una pequeña raíz. De repente, un gruñido nos sacó de nuestro letargo. Era un jaguar, apenas a unos 25 metros. Pasó de largo pero nos recordó que allí sólo éramos invitados. Comenzamos el descenso. L

a ruta estaba resultando infernal, y las hormigas gigantes, venenosas, nos obligaban a desviarnos. Finalmente, ya desesperados, llegamos a un pequeño curso de agua cristalina. Pensando ya en preparar el campamento, algo nos hizo continuar unos metros. Los nativos, de agudo oído, percibían algo y a escasos metros una imponente poza daba paso a una gran cascada. Después de tantos días entre el agua y los árboles, aquel paraje, como una especie de pequeño paraíso, parecía estar fuera de lugar.

INCACOK, EL LUGAR QUE INDICA EL CAMINO
Aquel era el lugar, los ancianos me habían hablado de él, encima de esa poza debía estar aquel rostro inca. Tras varios días siguiendo las huellas del otorongo, jaguar en quechua, decidimos denominar a aquel conjunto como la “Cascada del Otorongo”. No fue hasta el día siguiente que nos dispusimos a ascender hasta el otro lado de esa colina. Nos llevó pocas horas llegar al otro lado y al alcanzar de nuevo el riachuelo, ahí estaba, serio, inquebrantable, un inca que miraba al Inti, al Dios Sol. Aquella roca era demasiado parecida a un rostro, y no a un rostro cualquiera, sino a un rostro de rasgos andinos. Al acercarnos a la roca nos percatamos de que se situaba justo encima de la cascada, y desde allí, presidía la gran laguna. Me situé bajo la imagen, estaba justo encima de la cascada, contemplando la magnífica laguna que se abría ante mí, y por un momento me vi como un chamán, dirigiendo una suerte de ritual. Sin duda no había mejor lugar para ello. En ese momento miré a mi compañero amarakaeri.

“¿Cómo se dice ‘cara inca’ en harambuk, la lengua amarakaeri?”

El curtido amigo me miró y me dijo: Incacok.

El rostro, aparentemente un capricho de la naturaleza, es demasiado singular. Solo se aprecia medio rostro desde el lado Sur, la otra mitad, cubierta por la vegetación, parece no continuar con la forma de la cara.

Cubierto de musgo, se me hizo imposible poder detectar algún tipo de traza, pero hay demasiadas casualidades. La orientación del rostro hacia el Sol naciente, la posición presidencial ante aquel paraíso… y la misma imagen… Poco tiempo pude estar ante aquel portento, esa tarde la tregua de la Pachamama –la Madre Tierra– venció.

Los nativos, recelosos de acercarse a lugares sagrados, saben que cuando uno se acerca demasiado, la Madre Tierra te cierra el paso. Y comenzó a tronar. Las tormentas nos aislaron en un trozo de barro que habíamos limpiado para poner nuestras tiendas. El río comenzó a crecer. Se hizo de noche, amaneció y volvió a oscurecerse l día siguiente sin dejar de llover. Con todo inundado no podíamos dormir. El miedo empezó a apoderarse de mí. Lo que comenzó como una superchería cobró fuerza en mi corazón. Jamás había presenciado una tormenta de esa magnitud, los truenos eran eternos. Y volvió a amanecer sin detenerse la furia de la selva. Poco a poco, al tercer día, la lluvia comenzó a calmarse y esperamos a que el río bajase.

El retorno se convirtió en una odisea entre ríos, donde nadábamos a merced de la corriente. Tras tantos días mojados, nuestras heridas se habían ulcerado, y temíamos por las pirañas y sobre todo por el odioso canero, ese pez diminuto que se introduce por la uretra. Perdí una cámara fotográfica, el GPS no lo soportó y feneció y bichos de todo tipo nos picaron por todas partes. Dejándonos llevar por la corriente, al cabo de dos días llegamos a un cruce de ríos. Ya con más caudal, cortamos unos troncos de topa y continuamos dos días más montados sobre ellos, nadando. 

Habíamos surcado ríos sin nombre, alzado hasta montañas sin nombre y descubierto parajes de ensueño. Recopilé nuevas informaciones: a tres días de ese rostro, nativos amarakaeri habían encontrado herramientas y armas de piedra. Entendí que estaba sobre la pista.

Otros lugares y otras informaciones aún más importantes quedaron anotadas en mi cuaderno. Y un camino de piedra… un camino artificial en medio de la selva. ¿Hacia dónde llevará? Esa será otra historia. El explorador Percy Harrison Fawcett pereció en la selva tras un sueño. El sueño de una ciudad perdida. Y así lo explicaba en una carta a su hijo: “Ya sea que pasemos y que volvamos a salir de la selva; que dejemos nuestros huesos para pudrirse en ella, una cosa es indudable: la respuesta al enigma de la antigua Sudamérica, y quizá del mundo prehistórico, será encontrada cuando se hayan localizado esas antiguas ciudades y queden abiertas a la investigación científica. Porque las ciudades existen, de eso estoy seguro…”

Este reportaje fue publicado en el nº206 de la revista ENIGMAS

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