Se encuentra usted aquí

Área 51: el lugar más impenetrable del planeta

Jueves 15 de Febrero, 2018
“Área 51” de Ediciones Luciérnaga es un prodigio que desvela muchos secretos de este misterioso lugar donde no han faltado nunca los OVNIS y las conspiraciones. Nos cuenta, desde dentro, cómo ha sido el funcionamiento de esta base secreta y los acontecimientos allí vividos.

Todo lo que ocurre en el Área 51, cuando está sucediendo, se clasifica como TS/SCI –Top Secret / Sensitive Compartmented Information–, o alto secreto / información comprometida sensible, una enigmática política de seguridad con protocolos que también son ultrasecretos. “Las normas de clasificación TS/SCI son también clasificadas”, asegura Cargill Hall, historiador emérito de la Oficina Nacional de Reconocimiento –NRO–; esta agencia de espionaje gubernamental es tan confidencial que incluso su nombre fue clasificado como alto secreto desde el momento de su fundación en 1958 hasta su desclasificación en 1992. En 2011.

La mayoría de los norteamericanos aún no sabe que es la NRO o lo que hace, o si se trata de una organización hermana implicada a menudo en operaciones del Área 51, puesto que se trata de información clasificada. La información clasificada TS/SCI se asegura de que las personas de fuera no sepan que no saben algo y que las de dentro sepan solo aquello que necesitan saber. Winston Churchill hizo un comentario muy famoso a propósito de la URSS: “Es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. Lo mismo puede decirse del Área 51. En la parte menos conocida del comentario del premier, dice: “Pero tal vez haya una pista. Esa pista es el interés nacional ruso”.

Al enfrentarse a un gobierno totalitario como el de la Unión Soviética, donde se guardan fácilmente los secretos, el Área 51 tenía que aplicar las mismas técnicas de secretismo soviético para salvaguardar el U-2. Obraba en el interés nacional de los EE. UU. hacerlo así, porque la inteligencia humana estaba fallando. “Obtenemos muy poca información de las clásicas operaciones encubiertas en Rusia”, se quejaron los asesores científicos del presidente en un informe secreto de seguridad nacional de 1954, en el que apuntaban hacia “la ciencia y la tecnología para mejorar nuestra ventaja en el campo de la información”.

 

LA LUCHA SECRETA CONTRA LA URSS

Consiguieron lo que querían en el Área 51 al emplear protocolos secretos al estilo soviético para sus propias operaciones, y al aplicar estas tácticas al desierto de Nevada, la CIA pensaba que podía obtener una ventaja considerable sobre su archienemigo en cuanto al elemento sorpresa. Ni siquiera la tripulación de transporte de la Fuerza aérea conocía el lugar al que se dirigía cuando iba a la base. Un piloto de misiones clasificadas podía volar con una serie de coordenadas sobre el desierto de Mojave y contactar a cierta frecuencia UHF, llamada Sage Control.

Allí, una voz al otro lado del emisor de radio detallaba las coordenadas más específicas, terminando con un “permiso para aterrizar” en un punto remoto del interior de unas montañas en las que en teoría no había ninguna pista de aterrizaje. Sólo cuando el avión llegaba a unos pocos cientos de metros de distancia del suelo, se encendían las luces de la pista.

Los pilotos de la CIA tampoco estaban informados. Cuidadosamente reclutados en las bases del Mando Aéreo Estratégico, en la base militar de Turner, en Georgia, y en la base de Bergstrom, en Texas, aquellos hombres no tenían ni idea de para quién estarían trabajando cuando firmaron su contrato. En retrospectiva, parece una tarea sencilla reconocer la mano de la CIA, pero esto no era así a finales de 1955 cuando la agencia apenas tenía siete años. “Parece algo sacado de una novela”, recuerda Hervey Stockman. “Me indicaron una fecha y me dijeron que me dirigiera a la habitación 215 del hotel Austin, y que llamara a la puerta exactamente a las 03.15 horas. Así que bajé a la hora señalada y llamé a la puerta. Un tipo muy guapo y vestido con un elegante traje de tweed abrió la puerta y me dijo: “Entre, Hervey…”. Así fue mi primer contacto con la agencia”. Hervey Stockman era uno de los mejores pilotos de los Estados Unidos.

Era intrépido al tiempo que discreto, un hombre que se enamoró de los aviones la primera vez que pilotó uno de ellos para el Cuerpo Aéreo del Ejército, poco después de abandonar la comodidad de la Universidad de Princeton para combatir a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Para cuando llegó al Área 51 para formarse, parte del primer grupo de siete aviones del U-2, llamado Destacamento A, ya había volado en 178 misiones de combate en dos guerras, la citada y la de Corea.

 

LA VIDA EN UN TRÁILER

El Área 51 “estaba en el culo del mundo”, explica Stockman. “Vivíamos en tráileres, recuerdo que estábamos tres en el tráiler. No podíamos escribir ni llamar a casa desde nuestro destacamento en Groom Lake”. Cuando el grupo de Stockman llegó a la zona en 1956, había “probablemente unas 50 personas en el complejo”. Los tráileres estaban a poca distancia de los hangares, y “había un lugar de entrenamiento que también estaba en un tráiler”, justo en la puerta de al lado, que era donde Stockman pasaba gran parte de su tiempo. Recuerda el comedor como una de las únicas estructuras permanentes junto a los hangares de la base. “Estábamos en el desierto”, recuerda Stockman. De vez en cuando, los caballos salvajes merodeaban en el lecho del lago en busca de bebida o alimento. “Para llegar a la civilización dependías del avión. Había algún transporte por carretera, pero estaba muy vigilado. Había guardias de seguridad por todas partes”, apunta.

Las identidades de los pilotos también se mantenían en secreto. “Todos teníamos pseudónimos. El mío era Sampson… A mí no me gustaba ese nombre, y pregunté si podía utilizar el de Sterrit. Les dije: ‘Sterrit encaja mejor conmigo. Soy un tipo bajito y Sterrit se corresponde mejor con mi velocidad’. Me contestaron: ‘Como quieras. Si prefieres Sterrit serás Sterrit’. Pero en sus registros yo aparecía como Sampson. Los registros siguen allí… en el sótano. Y en todos ellos figuro como Sampson. La agencia era muy cuidadosa con todo este asunto”.

Los pilotos eran vigilados durante su tiempo libre, no tanto para controlar lo que estuvieran haciendo sino para asegurarse de que ningún agente de la KGB los estuviera observando. Los pilotos del Destacamento A tenían apartamentos en Hollywood, donde residían oficialmente. Durante los fines de semana se reunían en el restaurante Brown Derby. “Era un lugar de reunión y los de seguridad no podían vigilarnos allí”, explica Stockman.

El lunes por la mañana, cuando llegaba la hora de regresar al Área 51, se reunían en el Brown Derby porque “era uno de los pocos lugares que siempre abría a las cinco de la mañana”. La mayor parte de la clientela del Derby había estado despierta toda la noche; Los seis pilotos en buena forma física, con su aspecto impecable y sus cortes de pelo estilo aviador, acompañados por dos funcionarios de la CIA con sus chaquetas deportivas y pajaritas, debían ser todo un espectáculo. Desde allí, el grupo se dirigía a Cahuenga Pass a través de Hollywood Hills, hasta el aeropuerto de Burbank, donde subían al avión de Lockheed que se dirigía a la base secreta. “En ese momento no conocíamos la implicación de Lockheed en el programa”, explica Stockman. “Incluso a nosotros se nos ocultaba. Nos llamaban ‘los conductores’. Había muchas razones para ello.

En ese momento, no creo que ninguno de nosotros entendiera por qué, pero eso era básicamente lo que hacíamos. Éramos buenos conductores gracias a Dios. Pero no éramos héroes”. Los conductores no tenían ninguna necesidad de saber nada, excepto cómo pilotar un avión. En una ocasión, Stockman les preguntó a sus superiores qué política había que seguir en el caso de ser derribados y capturados. “En definitiva, nos dijeron que si nos capturaban y sufríamos presiones por parte de nuestros captores, podríamos decirles de todo, puesto que nuestra posición básica como conductores no nos permitía saber demasiado”. Añadió que, durante su período de formación, “ni siquiera el nombre de Groom Lake figuraba en nuestro vocabulario”.

 

LA FOTOGRAFÍA COMUNISTA DEL ÁREA 51

En la otra parte del mundo, los rusos estaban ocupados trabajando en su propia forma de aprendizaje. Si el Área 51 tenía un doble comunista, tenía que ser una instalación remota ultrasecreta, situada a 60 kilómetros al noroeste de Moscú, llamada NII-88. En ella, un ingeniero aeronáutico llamado Sergei Korolev –el Wernher von Braun de la Unión Soviética– estaba trabajando en un proyecto que no tardaría en avergonzar a los científicos militares norteamericanos y daría un gran impulso a la carrera espacial y armamentística. Temiendo que la CIA pudiera asesinar al científico de cohetes más importante de Rusia, Stalin ordenó que el nombre de Sergei Korolev fuera un secreto de Estado, y así lo fue hasta su muerte en 1966. Se referían a Sergei Korolev sólo en calidad de “jefe de diseño”, un apelativo no muy distinto al que usaba Richard Bissell para darse a conocer a los empleados de fuera de la CIA: “míster B”. Del mismo modo que los trabajadores del Área 51 la llamaban “el Rancho”, el NII-88 era conocido por los científicos como “el Despacho”.

Al igual que el Área 51, el NII-88 no figuraba en los mapas. Antes de la revolución comunista, había sido un pequeño pueblo llamado Podlipki, al igual que la zona de Groom Lake había sido un enclave minero llamado Groom Mine. Ambas instalaciones empezaron con emplazamientos de tiendas de campaña y almacenes, sólo accesibles a un listado reducido de la élite gubernamental.

Ambas instalaciones acabarían siendo instalaciones multimillonarias en las que se construirían y ensayarían plataformas de espionaje que costarían miles de millones de dólares, y cada una de ellas tenía el singular propósito de superar lo que la otra estaba produciendo.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario