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Los archivos secretos de la humanidad

Viernes 21 de Julio, 2017
Desde que apareció el pensamiento el ser humano ha volcado conocimientos inimaginables en archivos y documentos secretos que, de ser descubiertos y descifrados, cambiarían nuestra concepción del mundo. ¿Cuáles son esos conocimientos? Juan Ignacio Cuesta
Los archivos secretos de la humanidad

Que el conocimiento es poder no es un mucho menos un descubrimiento reciente. Con toda seguridad muchos de los hallazgos que algunos seres humanos hicieron a lo largo del tiempo, fueron de una manera u otra recogidos allí donde sirvieran para propósitos específicos a quienes fueran conscientes de su importancia. Por supuesto, en una clave que sólo pudiera ser comprendida por ellos, para asegurarse de su control que, en definitiva, significaba detentar la supremacía sobre el resto. Acerca de estos “archivos secretos” han tenido siempre una sospecha personajes privilegiados, conscientes de que tales conocimientos existían y eran dignos de buscarse. Acerca de estos “archivos secretos” han tenido siempre una sospecha personajes privilegiados, conscientes de que tales conocimientos existían y eran dignos de buscarse.

En primer lugar, y antes de entrar en análisis más profundos, quizá debiéramos establecer cuál ha sido el “motor fundamental” de esa morbosa avidez que hemos mostrado por saber, descubrir y reflexionar, hilando todo cuanto apareciese, sobre todo desde que misteriosamente se incorporó a la inteligencia la abstracción como herramienta fundamental de desarrollo intelectual y espiritual. Y después cómo esta misma fue depurando nuestro instinto animal, transformándolo en intuición y en su consecuencia más notable, la llegada de la consciencia del propio ego, característica genuinamente humana. Hablamos de la gran cuestión primordial que aún no ha sido aclarada a pesar de tanto como se ha especulado: la “trascendencia”, acompañada de la capacidad de ser consciente de que se está vivo y que después nos espera una puerta aparentemente de una sola dirección, abierta con el nacimiento, que parece cerrarse con la muerte… pero, ¿qué queda entonces de nosotros?

A pesar de que una pregunta tan simple haya tenido tantas y variadas respuestas es, como hemos dicho, el impulso que ha llevado a la plasmación de tantísimo conocimiento en soportes más o menos imperecederos encerrados en archivos. Unos son conocidos, pero hay otros secretos en distintas partes del mundo, adaptándose a los modos y costumbres propios de las distintas épocas. En el mundo más antiguo, por comenzar de algún modo, en esos grafismos, unos pintados y otros esculpidos, que aún quedan en tantas partes y parecen establecer una relación mágico-sagrada entre los viejos brujos y los seres de su entorno. Unos, los destinados al alimento, o sea, a perpetuar la supervivencia de la tribu, y otros, los empeñados en utilizar a los incipientes seres inteligentes como pieza de caza. Beneficios y perjuicios que sólo el hechicero era capaz de conjurar mediante un acto que ha sido definido por el etnólogo Henry Breuil como magia empática o simpática.

De esta última circunstancia es de la que nace el fundamento de toda la información conseguida por unos pocos y custodiada en arcanos destinados a ser entendidos por una minoría. Porque de aquí nacerá la relación entre quienes han de morir, y de los dioses que detentarán el poder de otorgar las gracias adecuadas para que tal cosa no sea definitiva, manifestándose a través de sus sacerdotes y escribas, sus “legítimos intérpretes” y otros personajes más oscuros e indefinibles.

 

Los archivos y sus clases

Así pues, a partir de este interés por la trascendencia –conseguir la inmortalidad–, y a través de la palabra susurrada, emitida en secreto o escrita de un modo a veces incomprensible, se han ido formando los compendios que posteriormente se denominarían bibliotecas; algunas de las más antiguas aún nos siguen negando su secreto, como si todo el conocimiento alcanzado por sus creadores tuviera obligatoriamente que perderse si no aparece quien consiga la llave adecuada.

Quizá la primera estructurada de la que tenemos noticia sean las tablas de esteatita inscritas en bajorrelieve aparecidas en la ciudad de Mohenjo-Daro, en el valle del Indo. Desgraciadamente, nos resulta imposible entenderlas hoy, a pesar de los trabajos de su descubridor, sir John Hubert Marshall, en el año 1920. Incluso se afirma canónicamente que éstas fueron quienes inspiraron a los sumerios para crear la escritura cuneiforme. Otros ven semejanza entre sus signos con la escritura de las tablillas “rongo rongo” de la isla de Pascua, aunque en este caso la opción más extendida apunta a que se trataría de una simple casualidad. Sin embargo, una de las tablillas, que representa un ser cornudo sentado rodeado de animales, es extrañamente semejante a las representaciones muy posteriores que se hicieron en el ámbito céltico del dios Cernunnos, protector de los bosques y sus criaturas, aunque oficialmente se interprete como una imagen arcaica del dios hindú Shiva.

Quizá se trate de otra simple coincidencia, pero es muy sospechoso que los pueblos celtas tuvieran un origen indoeuropeo, y que las tablillas contengan algún tipo de mensaje importante sobre la antigüedad de aquella zona del planeta. No olvidemos que tal ciudad aparece citada en el Mahabhárata, un texto hindú en el que se cita una explosión tan devastadora como la que provocaría una de las modernas bombas atómicas. Valga de ejemplo lo siguiente:

“Un solo proyectil, cargado con toda la potencia del Universo. Una columna incandescente de humo y llamas, tan brillante como diez mil soles, se alzó con todo su esplendor (…) era un arma desconocida, un gigantesco mensajero de la muerte que redujo a cenizas las razas Vrishnis y Andakas”.

Si el de esta ciudad es un archivo secreto, lo es porque hemos perdido la forma de interpretarlo, pero parece indicar la existencia de un gran cataclismo que terminó con aquella civilización, que sería mucho más avanzada de lo admitido. Sabemos, sólo mirando fotos de satélites, que, con que simplemente el agua de los mares estuviera algunos metros por debajo de su nivel actual, cosa que sucedió durante las glaciaciones, el mapa del mundo sería distinto y habría tierras, hoy sumergidas, en las que se desarrollaron civilizaciones de las que no sabemos nada.

El “archivo” descrito y otros posibles, estarían en el cajón de los “indescifrables”, a los que añadiremos alguno más, porque el supuesto salto al lenguaje escrito cuneiforme nos llevaría a otras ciudades míticas, pero cuyas ruinas están ahí, como Lagash –gobernada por el llamado Patesi Gudea–, Ebla, Ugarit, Mari y Jericó, que parecen también habrían sido destruidas por fuerzas de una tecnología impropia de su tiempo. Tampoco podemos olvidar la del rey Asurbanipal o la de Pérgamo, fundada por Atalo I Sóter, quien, seguido por su hijo Eumenes II, llevó a que se acumularan más de 200.000 documentos de todo tipo y antigüedad. Sospechosamente se reconocen en ella sólo testimonios de la contabilidad, tecnología y comercio de la época. Nada sobre magia, ritos sagrados o espiritualidad. Pero hay que ser muy ingenuo para creer que no existieron.

Lo más probable es que aquellos documentos “peligrosos” de su tiempo, terminaran su periplo en los archivos de los sacerdotes egipcios, quienes utilizaron su contenido para hacer cosas asombrosas que terminarían perdiéndose en los diversos incendios sufridos por la Biblioteca ptolemaica de Alejandría, como el acaecido en el año 47 a.C. Una institución cuyo final tuvo lugar durante el mandato del emperador Teodosio el Grande, en el año 391 d.C., con el concurso del obispo Teófilo de Alejandría. Incluso podemos considerar que esos conocimientos viajaron en varias direcciones, siendo interpretados de distinta manera. O sea, unos hacia Oriente y otros hacia Occidente. Cómo se explicaría si no que lo que llamamos alquimia naciera en varios puntos del planeta simultáneamente.

Así que en nuestra clasificación, tendríamos que inscribir también todas las citadas como destruidas, aunque hoy no sepamos exactamente cuánto de lo que contuvieron pudo ser rescatado mediante robos, copias o maniobras destinadas a preservar conocimientos demasiado valiosos como para que hubiera a ellos un acceso libre, por supuesto en archivos que pasaron a ser secretos.

Lo que parece imposible de obviar es que, en los cerca de 900.000 documentos perdidos, encontraríamos explicaciones a ciertos enigmas que nos inquietan desde entonces, como el de la Atlántida o el de la construcción de las pirámides.

Existe también un tercer grado, compuesto por todo el conocimiento acumulado y escondido alrededor de muy diversas formas, sobre todo mediante símbolos que conducen a su interpretación tan sólo a los iniciados. Sería éste, como los denomina Ernest Scott, el “pueblo del secreto”, aquellos que han alcanzado el grado que les permite utilizar con sensatez y legitimidad cuanto le es negado al hombre común, y que explicaría perfectamente todos los enigmas a los que se enfrenta el ser humano como especie, pero que no deben ser conocidos para que el ciclo siga su plan hasta un punto indeterminado donde, “casualmente”, la humanidad ha experimentado saltos espectaculares.

En resumen, los “archivos restringidos” pertenecerían a otra de estas categorías, la de los únicamente entendibles por quienes tienen la suficiente preparación intelectual y espiritual.

 

Puedes leer el artículo completo en la revista ENIGMAS 261 del mes de agosto de 2017. 

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